Carla V. Oliva*

 

Introducción

China emerge en el inicio del siglo XXI como un actor central del sistema internacional con notables recursos de poder económico, político y militar en virtud de los cuales se ha desarrollado la noción de ascenso chino. Además de dichos recursos, y como sustrato de ese ascenso, entendemos que la cultura milenaria representa un activo que perdura a lo largo del tiempo.

El legado cultural de la civilización sínica es objeto de orgullo nacional y su difusión en el exterior favorece la transmisión de una imagen positiva cuya finalidad es completar y asistir al ascenso chino. En su doble rol como factor de cohesión interno y expresión de la identidad-superioridad externa, el recurso a la cultura ha sido notable durante los años de Hu Jintao al frente de China. Como veremos, esto no significa que en épocas anteriores no se haya apelado a la cultura, sino que desde principios de la década de 2000, en consonancia con la emergencia global de China, presenciamos un fortalecimiento de la dimensión cultural a nivel oficial.

En función de lo mencionado, en este artículo abordaremos el rol de la cultura como recurso de la política exterior expresamente mencionado en la Doctrina de Desarrollo Pacífico que se sostiene mediante una intensa diplomacia cultural e integra el discurso político interno.

El camino chino

El camino recorrido por China desde la pobreza, la revolución comunista y la inserción internacional basada en criterios ideológicos, hasta el crecimiento económico, la institucionalización política y la inserción internacional diseñada a partir de prioridades económicas es excepcional, particularmente tomando en consideración su dimensión geográfica y demográfica. Ese camino ha sido posible gracias a la política de reforma económica implementada a partir de 1978 por el sucesor de Mao, Deng Xiao Ping, quien priorizó el desarrollo y la modernización económica basados en la apertura externa. Como resultado de esa política, China ha atravesado enormes cambios tanto en el nivel interno como en el internacional.

En el nivel interno, desde hace más de 25 años China ha venido creciendo a una tasa media anual del 10%, lo que ha producido grandes transformaciones económicas y sociales internas. Bregolat[1] detalla los cambios generados por la reforma mencionando la emergencia de nuevas clases sociales; el retroceso de la propiedad pública y la planificación; la difusión de la educación y la información; y el aumento de la libertad individual. En los últimos casos el autor hace la salvedad de que los cambios son sustantivos en relación a épocas anteriores pero encuentran claros límites en las políticas del gobierno vinculadas a las restricciones en la libertad de expresión y asociación.

Más allá de los avances, perduran temas pendientes en el plano social y medioambiental, además de las ya conocidas restricciones políticas. En el primero, las principales vulnerabilidades provienen de la desigualdad de los ingresos, la persistencia de la pobreza y la insuficiencia de los servicios sociales. En el segundo, observamos una marcada degradación ambiental a causa de una acelerada industrialización alcanzada a costa de la naturaleza. Ambos problemas integran las preocupaciones del gobierno, que es consciente de los límites que estos pueden suponer para la continuidad del régimen político basado en la primacía del Partido Comunista Chino (PCCh) en tanto podrían ralentizar el crecimiento, afectando la principal variable de legitimidad del partido.

En el nivel internacional, a partir de la década del 2000 China ha emergido como un actor con capacidades e intereses globales. Un hito del ascenso chino ha sido su incorporación a la Organización Mundial de Comercio (OMC) hacia finales de 2001, lo que aceleró su apertura comercial y amplió su rol en la economía mundial. Encontramos otros momentos igualmente significativos en el ascenso chino, tales como la consolidación de su peso en el comercio internacional –en 2009 se convirtió en el primer exportador y segundo importador mundial– y el afianzamiento de su economía a nivel global –en 2010 superó el PBI de Japón y pasó a ocupar el segundo lugar después de Estados Unidos–.

En consonancia con esos indicadores cuantitativos, China ha promovido un aumento de su cuota en el FMI con la finalidad de obtener un mayor poder de decisión. Asimismo, ha participado más activamente de las diferentes instancias multilaterales de las que es miembro, siempre con el objetivo de mostrarse como un socio responsable y previsible.

En cuanto a su rol en las finanzas internacionales, desde 2005 China se ha convertido en un actor de primer orden. En 2011, la acumulación de reservas en divisa alcanzó los 3.2 billones, de los cuales se estima que 1.1 billones están colocados en títulos de deuda del Tesoro de Estados Unidos.

En materia de inversiones, China se ha convertido en el quinto mayor inversor en el exterior. Buena parte de sus capitales se dirigen a países y regiones ricos en recursos naturales, aunque también se destinan a otros sectores de la economía. Así, ha anunciado la creación de un Fondo de Inversiones para Estados Unidos y la UE, que potenciará la tendencia de adquisiciones, inversiones, arriendos y compras por el Estado chino y por compañías allegadas a él. En Europa, remarcamos la cesión en arriendo por 35 años del puerto griego El Pireo por la compañía COSCO y la compra de empresas como Volvo y Saab. En Islandia, un millonario chino compró territorio –una estrategia con precedentes en distintos continentes–[2]. Además, su diplomacia de recursos naturales, basada en la orientación de las inversiones hacia países ricos en diversas categorías de recursos escasos –como energéticos, minerales y alimentos–, ha favorecido los vínculos de China con países emergentes de Asia, África y América Latina ricos en petróleo, minerales y cereales. En el trasfondo de esta diplomacia se encuentra su creciente necesidad de obtener esos recursos para sostener su crecimiento económico.

Por otra parte, China ha sostenido su crecimiento ante la crisis desatada en 2008. En virtud del margen de maniobra dado por su inmenso mercado interno, el gobierno respondió a la reducción de la demanda externa con políticas fiscales y monetarias expansivas y con la puesta en marcha de un plan de incentivos económicos diseñados para impulsar la demanda interna. En este sentido, su mercado doméstico le ha permitido amortiguar las oscilaciones de la demanda externa. Así, ante la crisis pudo reorientar sus políticas para continuar con sus elevadas tasas de crecimiento[3].

Breves comentarios sobre la diplomacia cultural

Tradicionalmente, el estudio de la política exterior de un Estado se refería a las dimensiones político-diplomática y económico-comercial. En ese contexto, la cultura constituía un instrumento destinado al logro de objetivos políticos y económicos. En la actualidad, entendemos a la cultura como una dimensión de la política exterior, como un componente interdependiente de la misma.

Desde una perspectiva integral, la cultura incluye valores, tradiciones, religión, estructura social, literatura, educación, ciencia, arte, música, teatro, cine, deporte, etc. En el marco de la dimensión cultural de la política exterior, la diplomacia cultural alude al papel de los factores culturales en las relaciones internacionales y tiene como objetivo influir positivamente en la opinión pública y élites de opinión en el extranjero. Algunos estudios definen exhaustivamente los objetivos de la diplomacia cultural, entre los cuales se destacan la promoción del entendimiento mutuo entre los países y las personas, el aumento del prestigio de un país en el mundo y la protección de la identidad nacional[4].

Ciertamente, la diplomacia cultural está asociada al concepto de «soft power» o «poder blando» acuñado por Joseph Nye, entendido como «la habilidad para conseguir lo que uno pretende por medio de la seducción, y no por medio de la coerción o el pago. Surge del carácter atractivo de la cultura, la política o los ideales políticos de un país…»[5]

Siguiendo a Montiel[6], este poder intangible funciona como un sustento de la capacidad de un Estado para señalar su presencia en el mundo. Se apoya en una multiplicidad de vías que tienen como eje la capacidad de persuadir, es decir la capacidad de atracción y convencimiento de que los valores que vehiculan un país son los más convenientes para todos, al punto de aceptar la modificación de una conducta determinada. Por lo general, la capacidad de atracción, propia del poder simbólico, conduce a la aceptación de posturas que intenta defender un país, sin recurrir a prebendas o a la disuasión. La movilización de los recursos intangibles con los que cuenta un país se traduce en capacidad de influencia. Esta era simbólica recurre a personalidades emblemáticas –como pensadores que expresan la inteligencia de una nación– o singulares –como artistas y deportistas destacados–.

Saddiki hecha luz sobre las herramientas a través de las cuales se pueden alcanzar los objetivos de la diplomacia cultural. Entre las mismas se encuentran los programas de intercambio cultural; las becas y los intercambios en el campo de la enseñanza; el establecimiento de vínculos con periodistas, académicos, líderes de opinión; la programación de visitas de artistas; la difusión internacional de eventos culturales; la promoción del idioma; las publicaciones[7] .

La cultura en la política exterior de Hu Jintao

Como señala Moncada Durruti[8], el principal legado del proyecto político de la cuarta generación de líderes, que recientemente dejó el poder en manos de la quinta generación, ha sido la formulación de un discurso político inspirado en ideas de la cultura tradicional china. Hu ha hecho el primer intento por parte de un líder chino de presentar a la comunidad internacional una alternativa al modelo de gobernabilidad global de cuño auténticamente chino.

El elemento básico de este nuevo enunciado político es el que hace referencia a la cultura de la armonía, un término utilizado desde la antigüedad por pensadores como Confucio, Laozi y Mozi.

Tanto Hu como su primer ministro Wen Jiabao han puesto el acento en la construcción de una sociedad armoniosa. Del énfasis en el desarrollo de Jiang y Zhu se pasó al énfasis en la distribución y la armonía social. Según un comunicado del comité central «aunque la construcción económica seguirá siendo el eje central, debemos elevar la construcción de una sociedad socialista armoniosa a un lugar más prioritario»[9].

La noción de armonía también se encuentra presente en la política exterior china actual, en tanto subraya la importancia de un entorno, una región y un mundo armónicos. Asimismo, alude a la tradición histórica y cultural china de desarrollo pacífico, cultura pacifista y búsqueda de la armonía. Como ejemplo, el texto de la doctrina menciona los viajes de Zheng He (1371-1435), cuya flota visitó a más de 30 países y regiones de Asia y África llevando seda, té y tecnología china, sin ocupar un solo territorio. En un paralelismo histórico, los chinos consideran que en la actualidad su desarrollo beneficia a su pueblo y brinda oportunidades de desarrollo a todo el mundo, además de contribuir a asegurar la paz mundial.

Como vimos en apartados anteriores, las transformaciones de China, impulsadas por los cambios económicos introducidos desde finales de los setenta, le han proporcionado una notable fortaleza en la dimensión económico-comercial, incluyendo el sector de las finanzas internacionales, a la que se suma su posición en la dimensión político-militar. La condición de potencia en ascenso devenida de sus recursos económicos y políticos motivaron conjeturas sobre un posible accionar externo agresivo y un desinterés por las instancias multilaterales de negociación de parte de Beijing. Para desalentar las percepciones focalizadas en la amenaza china como escenario probable, en 2003 Zheng Bijian, un intelectual integrante de un think tank y auspiciado por el presidente Hu Jintao, introdujo el concepto Ascenso Pacífico.

La idea central del ascenso pacífico es que China está en camino de constituirse en una superpotencia particularmente a través del crecimiento y la modernización económica. Según el autor, la opción de China es diferente a la de otras potencias emergentes en la historia moderna cuya posición se sustentó en el saqueo de los recursos de otros países mediante la invasión, la colonización o la expansión. La emergencia de China se funda en una elección estratégica de integrarse a la economía mundial y en innovaciones tecnológicas e institucionales. Hasta la actualidad, el ascenso pacífico de China ha sido impulsado por el capital, la tecnología y los recursos adquiridos por medios no violentos[10].

Zheng relacionó el ascenso pacífico con dos máximas confucianas: «no hagas a otros lo que no quieras para ti mismo» y «quien ayuda a otros se ayuda a sí mismo». El fortalecimiento de la estrategia de soft power de parte de China recurre notablemente a las enseñanzas y pensamientos de Confucio. Como símbolos de la elevación de la figura del maestro encontramos, además de las ya mencionadas alusiones, la inauguración de una estatua suya de más de nueve metros de altura realizada en bronce y emplazada en Tiananmen en 2011 y la creación en 2010 de los premios Confucio para contrarrestar la distinción a Liu Xiaobo –un disidente con arresto domiciliario- con el Nobel de la Paz.

Vale aclarar que luego de su publicación, la noción Ascenso Pacífico fue sustituida por la de Desarrollo Pacífico, en particular debido a las reticencias que el vocablo ascenso producía en el resto de Asia. La Doctrina del Desarrollo Pacífico mantiene las ideas centrales de su predecesora, continuando con el rechazo a cualquier tipo de confrontación con otra potencia. En esta dirección, Rocha Pino sostiene que China no busca rivales sino socios y no espera –ni desea– un pronto declive del poder estadounidense, el cual durará unas décadas más, según el cálculo de los chinos[11]. De acuerdo con la percepción china, si bien la declinación estadounidense es inevitable en el largo plazo, en el corto plazo es improbable que se reduzca su poder. Coincidiendo con la opinión de Rocha Pino, Delage[12] explica que el análisis de la experiencia soviética reveló a los analistas chinos la inutilidad de la competencia estratégica con Estados Unidos, motivo por el cual desarrollan una estrategia en la cual su desarrollo se basa en una relación positiva con Washington. Por lo tanto, mientras que Estados Unidos no afecte intereses vitales chinos, Beijing puede vivir con una «potencia hegemónica».

El entonces presidente Hu presentó por primera vez su visión del mundo ante la comunidad internacional en 2005, en ocasión de su discurso ante la Asamblea General de UN. Un discurso que difícilmente pueda entenderse sin enmarcarlo en un contexto más amplio, como es el de la recuperación del Nuevo Confucianismo, una corriente de pensamiento neoconservadora extendida entre los intelectuales de China continental y que aboga por la revitalización de la cultura tradicional china –que identifican como ligada a la moral confuciana–, recuperando el sentido de la armonía en la vida pública, en la política e incluso con el medio ambiente. Un elemento valioso del Nuevo Confucianismo es que, si bien reconoce y adapta algunos de los elementos del pensamiento occidental –como el racionalismo o el humanismo–, defiende a su vez que los valores confucianos también tienen una aplicación universal. Los chinos tienen el convencimiento de que pueden aportar al mundo un nuevo estilo de gobernabilidad global[13].

Las reformas introducidas por el gobierno de Hu han enfatizado la importancia del desarrollo científico y la armonía como estrategias para lograr un nuevo equilibrio entre las políticas económicas y sociales, intentando atraer la aceptación de los sectores sociales más desfavorecidos. De acuerdo con la opinión de reconocidos sinólogos, la dificultad radica en hacer encajar las bases de la sociedad armónica con la exacerbación de la rigidez política y la manifiesta intolerancia, por ejemplo, con la libertad de expresión. En esta visión, la sociedad armoniosa no es la expresión de una voluntad liberalizadora, sino que pretende encarrilar las manifestaciones de descontento ofreciendo un nuevo equilibrio entre eficiencia y bienestar en el que el PCCh reivindica su rol benefactor y mediador. Por lo tanto, ante la preferencia por una cohesión disciplinada, toda expresión de autonomía o mirada independiente es considerada como factor de disturbios potencialmente desestabilizador, primando el reforzamiento de los mecanismos de control[14].

Tal como se desprende del Libro Blanco sobre el Desarrollo Pacífico[15], la cooperación cultural no es una línea aislada del gobierno, sino que está conscientemente integrada a dicha estrategia, en tanto sostiene que «a medida que avanza la globalización económica, China se hace más consciente de la importancia de los intercambios y el diálogo entre civilizaciones diferentes, y trabaja intensamente para que el resto del mundo conozca y comprenda a China, al tiempo que atrae y absorbe los frutos útiles de otras civilizaciones»[16].

Más allá de la bondad de esta teoría, la puesta en práctica del mundo armonioso presenta importantes desafíos para la diplomacia china. Moncada Durruti considera que el principal reto será conciliar el principio de la no intervención con las exigencias de las responsabilidades internacionales a las que debe hacer frente toda gran potencia[17].

Asimismo, los analistas concuerdan en opinar que esta es una doctrina para la transición, esbozada para ajustarse a las exigencias de una China en ascenso y permitirle lograrlo en una era de unipolaridad, pero no una estrategia diseñada para el momento en que se haya consolidado como potencia.

En función de lo mencionado, entendemos que la política exterior china actual contiene referencias a su poder blando, pensadas como historia, cultura y filosofía. En ese sentido se pueden interpretar la evocación del pasado, la noción de armonía y las máximas confucianas antes mencionadas, destinadas a reforzar la unidad e identidad y a desempeñar un papel nodal en la construcción de la imagen/perfil internacional de China al exaltar el pacifismo y la búsqueda de un desarrollo conjunto como objetivos centrales de su accionar externo. El recurso a Confucio, una personalidad emblemática que refleja la inteligencia de China, ha sido un factor constante en la política exterior china a partir del gobierno de Hu.

La diplomacia cultural china: un recurso de vieja data con una nueva intensidad

Si bien el concepto de Nye se origina en el estudio de la cultura norteamericana, el propio autor considera que la cultura asiática ejerce un atractivo nada desdeñable. En su análisis algunos atributos de la cultura china son destacables en tanto constituyen recursos de poder blando.

En ese sentido concebimos el rol de la literatura y el deporte chino, dentro de los que se enmarcan, como ejemplos de referencia, la distinción con el Nobel de Literatura a Gao Xingjiang en el año 2000 y a Mo Yan en el 2012[18] en el primer caso, y el reconocimiento al famoso basquetbolista Gao Ming y la organización de eventos como el Gran Premio de Fórmula 1 y las Olimpíadas de 2008, en el segundo caso. También representan manifestaciones de poder blando la difusión de películas chinas y la Exposición Universal de Shanghai en 2010.

Por lo tanto, siguiendo la perspectiva de Nye, en los últimos años China adoptó una política exterior que ha aumentado su atractivo a los ojos de los otros. Los especialistas coinciden en afirmar que posee atributos de soft power, en tanto proyecta una influencia cultural basada en personalidades emblemáticas del pasado como Confucio y en referentes culturales actuales como los mencionados en el párrafo anterior, que le permiten generar atracción y persuasión para lograr sus objetivos. El magnetismo de su cultura se materializa en la popularidad del idioma mandarín, la música, el cine, la pintura, las artes marciales y la medicina tradicional. No obstante, si bien la cultura proporciona cierto poder blando, algunas políticas internas lo limitan. Entre ellas se encuentran las ya mencionadas restricciones a la libertad de expresión y asociación.

Debemos recordar que la influencia cultural china se extendió por Asia y el Mundo mucho antes de que su gobierno decidiera incorporarla como activo a sus relaciones exteriores: unos 30 siglos antes. China tiene formidables reservas o activos de poder blando: una tradición intelectual irradiada a sus vecinos; inventos; la antigua filosofía; la medicina tradicional; las artes marciales; la caligrafía; la pintura. Todos ellos se dieron a conocer mundialmente mediante misioneros, comerciantes y enviados diplomáticos[19].

Adicionalmente, la diplomacia cultural ha sido un recurso utilizado por China desde la mitad de los años 50 para romper el aislamiento internacional en el que se encontraba. De acuerdo con Liu[20], la diplomacia cultural fue un factor decisivo en la normalización de las relaciones exteriores de China. Las delegaciones culturales y artísticas, frecuentes desde fines de los 50, preparaban a la opinión pública para el establecimiento de relaciones diplomáticas. Así fue como se comenzaron a desarrollar los vínculos de China con Asia, África y América Latina, conocidos como visitas populares.

En nuestros días, las agencias públicas chinas se encargan de recordar estos logros del pasado. En opinión de Otero Roth[21] , la recuperación del pasado anterior al estancamiento de China en el siglo XIX cumple una doble función: refuerza la autoestima nacional y reivindica un papel internacional de primera potencia.

Asimismo, asistimos a la multiplicación de las variantes de la diplomacia cultural[22]. A las reservas de activos culturales tradicionales se suman nuevas remesas contemporáneas que atraen la atención de Occidente. Entre ellas se encuentran el arte chino de vanguardia –pinturas, fotografías y videos contemporáneos–, la danza moderna, la literatura –aunque con sus dificultades para hacerse oír–.

El exprimer Ministro Wen Jiabao ha sido uno de los impulsores de la diplomacia cultural china. En tal sentido ha sostenido que «deben ejercer una diplomacia cultural de alcance global, desarrollar la industria cultural, mejorar la competitividad de las empresas y productos culturales chinos, etc…»[23].

Siguiendo esta línea, a principios de 2012 el gobierno ha dado a conocer El Plan Nacional para el Desarrollo Cultural 2011-2015, en el cual enfatiza la profundización de las reformas sobre las instituciones gubernamentales y el mejoramiento de la gestión vinculada al sector. En el primer caso, el objetivo es convertir en empresas con fines de lucro a compañías culturales, periódicos y portales de noticias no políticos. En el segundo, las instituciones financiadas por el gobierno, como bibliotecas, museos y galerías deben mejorar sus servicios públicos. El fin es que hasta el 2015 China fomente sus productos culturales para que se vuelvan globales y promueva los intercambios y la cooperación con otros países.

La influencia cultural y el prestigio internacional que proyecta Beijing son instrumentos cada vez más significativos de su política exterior. Si retomamos las herramientas de la diplomacia cultural enunciadas anteriormente, veremos cómo cada una de ellas desempeña un papel relevante en la política exterior china. Así, podemos apreciar los avances generados por la diplomacia cultural china en diversos ámbitos.

En primer término, se ha popularizado el idioma mandarín. La relevancia de su difusión está directamente vinculada al hecho de que el idioma es un vehículo de la diplomacia cultural.

En segundo lugar, desde 2004 se comenzaron a abrir Institutos Confucio en todo el mundo, con la finalidad de difundir la lengua y la cultura china. Estos institutos cumplen con la función de generar atracción de modo institucionalizado, como lo hacen la Alianza Francesa, el British Council y el Instituto Goethe. Nuevamente reiteramos el recurso al gran pensador como símbolo del poder blando de China.

En tercer término, se ha multiplicado la oferta y la demanda de cursos o becas en China, lo que favorece el intercambio académico y genera vínculos perdurables a lo largo del tiempo.

En cuarto lugar, el atractivo que ejerce la cultura china también se ha extendido a las artes marciales –a ejercicios como el tai chi–, la medicina –incluyendo a técnicas como la acupuntura y a las hierbas medicinales–, la cocina y la pintura tradicional. En estas materias nos encontramos ante una innumerable oferta de cursos por parte de asociaciones chinas.

A los avances mencionados debemos agregar que la presencia cada vez más notoria de la diáspora fomenta el interés por lo chino, propaga la cultura y acerca a las comunidades. A su vez, el encanto que ejerce el país asiático lo ha transformado en un destino turístico para visitantes de todo el mundo. Por último, no debemos desechar el rol desempeñado por el sistema de Hermanamiento de Ciudades[24], que fortalece no sólo los vínculos institucionales sino también los culturales.

Entre la armonía y las fuerzas hostiles. Ajustes en el rol de la cultura en la política interna y exterior

En enero de 2012 se dieron a conocer extractos del discurso del entonces presidente Hu Jintao ante el Comité Central del PCCh llevado a cabo unos meses antes, en octubre de 2011. Sorpresivamente, Hu aludió a la cultura, un tema habitualmente eludido en ese ámbito, e hizo del mismo el núcleo de su exposición. Según recogieron diferentes fuentes periodísticas, el presidente, contrariando las expectativas sobre anuncios de medidas para afrontar los desafíos económicos, aludió a una campaña para fortalecer el poder cultural chino en el exterior y convertir a las industrias culturales en pilares del desarrollo nacional. Hu sostuvo que la «fuerza del conjunto de la cultura china y su influencia internacional no se corresponde con el status internacional de China» y que «la cultura internacional de occidente es fuerte mientras nosotros somos débiles» a pesar de «la grandeza de la cultura china» y planteó la necesidad de una escalada en la confrontación cultural con Occidente, apoyada en el soft power. Más tarde, Hu hizo referencia a que «fuerzas internacionales hostiles intensificaban el complot para occidentalizar y dividir China» y que «los campos ideológico y cultural son las áreas principales de su larga infiltración».

Con posterioridad al discurso del presidente, según se pudo saber mediante diferentes medios periodísticos del mundo, el PCCh reforzó su política cultural y de internet, mediante el control de los contenidos de microblogs y medios de internet y la reducción de programas de entretenimiento. Respecto a este tema, el gobierno chino mantiene el monopolio informativo de sus medios de comunicación –este sector sigue monopolizado por el Estado salvo con la excepción parcial de Hong Kong y otros enclaves internacionalizados– e invierte grandes esfuerzos en controlar la información que se difunde de China al resto del mundo como la que procede del exterior y se dirige al interior del país. Las limitaciones en los contenidos son aceptadas incluso por compañías extranjeras que pretenden operar en el país.

Inesperadamente, el discurso oficial chino pasó de la moderación reflejada en la búsqueda de armonía al endurecimiento plasmado en el enfrentamiento con fuerzas hostiles ¿Qué motivaciones sostuvieron este cambio de discurso? ¿Debemos pensar en un cambio dirigido a la política internacional, a la política interna o en ambos sentidos? En el primer caso ¿fue una declaración de enfrentamiento cultural con Occidente de una China que se siente fuerte y superior? En el segundo caso ¿fue un intento por mantener la unidad interna en un año de traspaso del poder?

Sin dudas, los levantamientos populares de la Primavera Árabe y los llamados para unaRevolución del Jazmín en China estuvieron presentes en la mente de los líderes, motivando las alusiones a la cultura como «fuente de unidad nacional» y «elemento clave de un completo poder nacional», en términos del PCCh.

En el plano interno, la promoción del nacionalismo –aún a pesar de que no encaja con la nacionalidades minoritarias–, se viene haciendo desde hace varios años, particularmente sobre la base de la exaltación del pasado glorioso –previo al siglo de humillación colonial– y del registro de los avances dados por el crecimiento económico en clave de modernidad –rascacielos, imponentes autopistas, extensa red ferroviaria de alta velocidad, etc.–. Más compleja es la promoción de la cultura socialista en una economía con mercado en la que se evidencian efectos nocivos. En ambos casos, se persigue el reforzamiento de los fundamentos ideológicos del sistema[25].

En esa dirección, Ríos apunta que es esperable un fuerte impulso económico y estructural a todo lo que contribuya a difundir una determinada imagen –positiva– de China en el exterior, acorde con los intereses nacionales, identificados con los del PCCh. Reforzar la influencia cultural en el exterior es el segundo elemento de esta orientación. Las dudas que se plantean en torno a la indefinición de los valores centrales que el gobierno chino desea transmitir internamente y al mundo, básicamente criticando el tono propagandístico de muchos de esos valores[26].

Consideraciones finales

Si consideramos el devenir del recurso a la cultura a lo largo de los diez años en los que Hu Jintao, como cabeza visible de la cuarta generación de líderes chinos, estuvo en el poder, podemos subrayar algunas de sus características.

Como mencionamos al inicio de este artículo, la cultura ha cumplido un doble rol: como factor de cohesión interno y como componente central de la política exterior propia de una potencia en ascenso.

En tanto factor de cohesión interno, entendemos que los ajustes parciales presentados en los últimos meses del gobierno de Hu han estado principalmente destinados a promocionar el nacionalismo y a reforzar la identidad nacional en un contexto de traspaso del poder de la cuarta a la quinta generación de líderes que no ha estado exento de intrigas y secretos.

En tanto eje de la política exterior, consideramos que persigue la de exaltación de valores y figuras que difundan una imagen positiva en el extranjero. En esta dirección, se han multiplicado las herramientas de las que se nutre la diplomacia cultural china.

Finalmente, la diplomacia cultural china se ha valido preponderantemente de la figura de Confucio. Insistimos en el rol central asignado al pensador porque representa un giro en la estrategia de los primeros años del comunismo chino, en los que se veía a Confucio y al confucianismo como opuestos a los intereses del partido. Claramente, esta estrategia dio paso a una visión más pragmática que pretende entronizar la imagen de una figura sumamente valorada tanto a nivel interno como internacional.

Está por verse cuál será el derrotero de la cultura como recurso durante la presente generación de líderes encabezada por el presidente Xi Jinping. Pensamos que, dado su rol en los últimos años, constituirá un factor clave para entender el ascenso chino.


[*] Licenciada en Relaciones Internacionales y Magister en Integración y Cooperación Internacional, Universidad Nacional de Rosario, Argentina. Docente de la materia Política Internacional de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario. Miembro del Centro de Estudios en Relaciones Internacionales de Rosario.

[1]Eugenio Bergolat, La segunda revolución china, Barcelona, Ed. Destino Imago Mundi, 2007, pág. 297-305.

[2]Augusto Soto, « ¿Hay una singularidad estratégica en el actual posicionamiento chino?», en Real Instituto Elcano, ARI N°3, España, 2012, págs.2-4.

[3]Carlos D´ elia, Verónica Fossati, Juan Nava, Cecilia Pérez Llana, Carlos Galperin, «China: las medidas de respuesta a la crisis económica internacional y su lugar en el comercio mundial», en Revista del Centro de Economía Internacional, N° 19, Ministerio de Relaciones Exteriores y Culto de la República Argentina, Buenos Aires, diciembre de 2011. Disponible en http://www.cei.gov.ar/userfiles/parte%203d_0.pdf

[4]Said Saddiki, «El papel de la diplomacia cultural en las relaciones internacionales», en Revista CIDOB d’ AFERS INTERNACIONALS, 88, Barcelona, 2009, pág. 112.

[5]Joseph Nye, «Soft power matters in Asia», en The Japan Times, December 2005.

[6] Edgar Montiel, «La diplomacia cultural. Un enfoque estratégico de política exterior para una era intercultural», enCuadernos UNESCO, N° 2, UNESCO, Guatemala, 2010, pág. 8.

[7] Said Saddiki, op. cit., págs. 112.

[8]Mariola Moncada Durruti, «Visión del mundo exterior de las cuatro generaciones de líderes políticos de la República Popular China: evolución histórica y conceptual», en Revista CIDOB d’AFERS INTERNACIONALS, N° 27, Barcelona, Mayo de 2011, pág. 10.

[9]Eugenio Bregolat, op. cit., págs. 327.

[10] Zheng Bijian, «El “ascenso pacífico” de China a la condición de superpotencia», en Revista Foreign Affairs en Español, vol 6, Nº1, Madrid, enero-marzo de 2006, páginas 126-132.

[11]Manuel de Jesús Rocha Pino, «China en transformación: la doctrina del desarrollo pacífico», en Foro Internacional, Colegio de México, Vol. XLVI, N. 4, México, octubre-diciembre 2006, págs. 694-718.

[12]Fernando Delage, «El nuevo contexto de la política exterior china», en Real Instituto Elcano, ARI 93, España, 2007, pág. 4.

[13]Mariola Moncada Durruti, op. cit., pág. 11.

[14] Xulio Ríos, «Armonía y Derechos Humanos en China», en Observatorio de la Política China, España, mayo de 2011, págs.1-2.

[15]China´s peacefull development road, People´s Daily, disponible en: http://English.people.com.cn/200512/22/eng20051222_230059.html

[16] Jaime Otero Roth, «La nueva diplomacia cultural china», en Real Instituto Elcano, ARI N° 103, 2007, pág. 5. Disponible en http://www.realinstitutoelcano.org/wps/portal/rielcano/contenido?WCM_GLOBAL_CONTEXT=/elcano/elcano_es/zonas_es/ari+103-2007

[17] Mariola Moncada Durruti, op. cit., pág.12.

[18] Consideramos relevante aclarar que mientras Gao vive en Francia, Mo reside en China.

[19]Jaime Otero Roth, op. cit., pág. 4.

[20]Haifang Liu, «La diplomacia cultural china hacia los países africanos», en Casa Asia, Barcelona, pág. 97. Disponible en http://www.casaasia.es/governasia/boletin6/articulo6.html

[21]Jaime Otero Roth, Op. Cit., pág. 4.

[22]Haifang Liu, op. cit., pág. 98.

[23]Jaime Otero Roth, op. cit., pág. 5.

[24] Estos convenios buscan incrementar los intercambios y la cooperación a través de una serie de actividades que comprenden diversas áreas, como cultura, comercio, educación y deportes, favoreciendo el conocimiento mutuo. En el área comercial se alienta el intercambio de información referida a la oferta exportable y las posibilidades de inversiones existentes entre las partes. En el caso de Argentina, algunos ejemplos de acuerdos con actores subnacionales gubernamentales chinos, denominados Acuerdos de Amistad y Hermanamiento, son Beijing y Buenos Aires, Rosario y Shangai, provincia de Hebei y provincia de Buenos Aires y provincia de Jilin y provincia de Entre Ríos.

[25]Xulio Ríos, «¿Poder blando?», en Observatorio de la Política China, España, 2011, pág. 1. Disponible en http://www.politica-china.org/nova.php?id=2497&lg=gal

[26] Ibídem.