Por: Arturo López Vargas

El claro triunfo de la coalición “Juntos Haremos Historia” y su candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador en la elección del 1 de julio pasado, ha provocado ya, a tan sólo unos días de distancia, repercusiones tanto en el plano de la vida política nacional, como también en la imagen y capacidad de nuestro país hacia el exterior.

Antes de su inicio y a lo largo de todo el proceso electoral los temas de política exterior y de política internacional estuvieron presentes en distintos momentos, particularmente desde la polémica visita a México del entonces candidato republicano Donald Trump en agosto de 2016 a invitación del gobierno de Enrique Peña, así como por las acciones en el extranjero de algunos de los futuros candidatos presidenciales. Fue el caso del propio López Obrador quien desde los meses previos al inicio formal del proceso electoral, realizó una serie de viajes y encuentros entre agosto y septiembre de 2017 en Chile, España, Reino Unido y los Estados Unidos, en los que promovió su Proyecto alternativo de Nación 2018-2024, ante diversas figuras políticas, económicas y líderes sociales.

Ya durante la campaña, los temas de política exterior ocuparon un espacio relevante en la discusión pública, principalmente aquéllos derivados de los cambios en las relaciones bilaterales con Estados Unidos ante las decisiones de su gobierno sobre la renegociación del TLCAN, la construcción de un muro en la frontera con México y una política migratoria lesiva de los derechos humanos de los migrantes, mismos que concentraron la atención del segundo debate presidencial.

Una vez realizada la elección y consumado el triunfo de la coalición encabezada por AMLO, es innegable que si bien la agenda y reuniones internas han acaparado la atención del virtual presidente electo, no han estado ausentes acciones que evidencian el impacto que hacia el exterior ha tenido la elección mexicana, destacando principalmente la llamada telefónica entre López Obrador y el presidente de los EE.UU., las decenas de comunicaciones diplomáticas por parte de jefes de Estado de todo el mundo, particularmente las de la canciller alemana Angela Merkel, y el presidente de Rusia, Vladimir Putin, así como los reconocimientos emitidos por organizaciones internacionales y regionales como la ONU, la CEPAL y la misión de visitantes extranjeros de la OEA.

Este breve recuento sobre la importancia de los factores internacionales y de las relaciones exteriores de México en el actual proceso electoral resultan útiles para entender la trascendencia que en el corto y mediano plazo pueden tener para la política exterior del futuro gobierno, un conjunto de elementos clave para fortalecer nuestra capacidad de negociación de cara a un contexto internacional caracterizado por un viraje conservador, unilateralista y xenófobo en los EE.UU, así como en algunos países de Europa y América Latina.

El primero de esos elementos que apuntalan desde ahora la capacidad del futuro gobierno hacia el exterior es la inédita legitimidad política y social derivada del 53% de los votos obtenidos en la elección, así como la cantidad de votos totales que se sitúan hasta la fecha en más de 30 millones, cifra que convierte a Andrés Manuel en el presidente con mayor número de sufragios a su favor en la historia de México. Si bien el mandato popular expresado en las urnas el domingo 1 de julio fue claro, no se limitó a ese ámbito pues esa misma noche las calles de varias ciudades, principalmente la capital del país, atestiguaron otro hecho histórico: el festejo masivo y popular tras el resultado electoral en un país acostumbrado a protestar tras elecciones muy cuestionadas.

Ese respaldo electoral y social se puede traducir también en otro elemento muchas veces subestimado, pero importante en la capacidad de un Estado y su gobierno hacia el exterior: la moral nacional, entendida como un estado de ánimo colectivo que proyecta fortaleza o debilidad hacia el exterior según sea el hecho que lo motive, y que en el caso de México tras el resultado del 1 de julio se caracteriza por el respaldo mayoritario al nuevo gobierno. Un caso similar en la historia reciente de nuestro país que nos permite comprender su relevancia hacia el exterior se produjo en la elección del año 2000 cuando tras el triunfo de Vicente Fox, miles de personas salieron a las calles y mostraron su beneplácito tras la derrota del PRI después de 71 años en el poder, propiciando el surgimiento del llamado “bono democrático”. Dicha fuerza hacia el exterior derivada del respaldo electoral de casi 16 millones de electores le permitió al entonces presidente panista plantear un proyecto de política exterior que trató de realizar un viraje centrado en una política más activa, alejada del respeto a los principios constitucionales, y promotora de los derechos humanos y la democracia en el mundo. Si bien al igual que el resto de su proyecto, la “nueva política exterior” del autodenominado gobierno del cambio, fracasó y dilapidó el efecto positivo de una moral nacional sólida al inicio de su sexenio, fue una muestra clara del potencial que surge de un estado de ánimo social en ascenso, y un nuevo gobierno con un importante margen de legitimidad. Es innegable que tras el resultado del pasado domingo, la moral nacional de nuestro país experimenta un momento de auge tras una nueva alternancia pero esta vez de corte progresista, situación que sin duda debe y puede ser canalizada hacia el exterior a fin de fortalecer la imagen y la capacidad de negociación ante el resto del mundo.

Un tercer pilar de este “bono progresista” es el resultado del amplio reconocimiento en el plano internacional que se ha producido hasta el momento a través de las comunicaciones y felicitaciones al gobierno mexicano recientemente electo tanto por parte de representantes gubernamentales, así como de algunos líderes políticos. Dicho reconocimiento si bien es producto de la costumbre y la práctica diplomáticas, no se limita a ser un aspecto meramente formal ya que implícita o explícitamente reconoce el tamaño histórico de las elecciones mexicanas, así como el cabal desempeño de las autoridades electorales. De manera especial es necesario recordar que un día antes de la votación, distintas figuras políticas y sociales de tendencia progresista y de gran peso en Latinoamérica y otras partes del mundo como Dilma Roussef, Cristina Fernández de Kirchner, Rafael Correa, Jean-Luc Mélenchon, Pablo Iglesias, Camila Vallejo entre otros, hicieron público su apoyo a Andrés Manuel a través de mensajes en sus redes sociales, mismos que mostraban la importancia que para las fuerzas políticas progresistas en todo el mundo, tendría el triunfo de la coalición encabezada por el partido MORENA en México.

Tales evaluaciones externas sin duda fortalecen la imagen de México y su nueva dirigencia en el mundo entero y otorgan pleno reconocimiento legal y político a la nueva administración, lo cual facilitará algunas de sus iniciativas y acciones en el ámbito de sus relaciones exteriores.

Otro elemento muy vinculado al anterior pero concentrado no en los gobiernos extranjeros sino en sus poblaciones y en algunos de sus líderes de opinión, es la imagen de México ante la llamada opinión pública internacional, misma que según los reportes y artículos periodísticos plasmados en la prensa extranjera desde la misma noche de la elección y en los días subsecuentes, se ha reposicionado positivamente al afirmar entre otras cuestiones que nuestro país ha entrado en “una nueva era”, caracterizada por “la llegada de un gobierno de izquierda con un amplio respaldo popular”, o el “triunfo del hartazgo social hacia la corrupción y la violencia del gobierno anterior”. Dichos titulares van acompañados de imágenes en las que aparece el virtual presidente electo de frente o de espaldas a una plaza pública llena de sus electores, lo que invariablemente proyecta un gobierno que llega al poder con un amplio apoyo social que contrasta con el rechazo mayoritario al presidente saliente. En la medida en que la nueva administración logre mantener e incluso aumentar ese respaldo social de base popular de aquí hasta su toma de posesión, contará con una fuerza política que prácticamente ningún gobierno ha tenido en esas dimensiones. Una oportunidad muy importante de mostrar tal fuerza será la ceremonia de toma de protesta el próximo 1 de diciembre, situación que podría explicar, al menos parcialmente, la razón detrás de la invitación a distintos jefes de Estado entre ellos el propio Donald Trump, quienes podrían atestiguar directamente, el grado de apoyo popular con que inicia la nueva presidencia.

Un penúltimo pilar tiene que ver con la llegada a niveles centrales en la toma de decisiones de política exterior, de nuevos personajes caracterizados por provenir de una corriente política diferente a la que ha dominado este ámbito de las políticas públicas y que en el caso específico de la política exterior del nuevo gobierno se distinguen por su experiencia diplomática y/o política, su formación no tecnocrática como la mayoría de sus predecesores, así como una visión nacionalista y apegada a los principios rectores de nuestra política exterior consagrados en el artículo 89 fracción X. Tal es el caso del Embajador Héctor Vasconcelos quien podría ocupar la presidencia de la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, y de quien a reserva de su ratificación por la cámara alta, sería el futuro titular de la Secretaría de Relaciones Exteriores, Marcerlo Ebrard, así como de un grupo de colaboradores, varios de ellos jóvenes, que han participado activamente en la formulación del proyecto en materia de política exterior del Plan de gobierno 2018-2024.

Precisamente dicho proyecto, derivado a su vez del Proyecto alternativo de Nación, constituye el último y más importante de los pilares de la política exterior del futuro gobierno ya que sintetiza una serie de elementos que permiten vislumbrar un cambio notorio en los objetivos, acciones y muy probablemente en sus resultados. De esta forma plantea en sus objetivos generales la necesidad de diseñar una política proactiva y no reactiva, una política apegada a los intereses nacionales y no facciosos, así como una política exterior de Estado a partir del apoyo de todos los poderes y sectores de la sociedad. En sus objetivos específicos como en el caso de la relación con los EE.UU, aspira a transitar de una relación centrada en aspectos policiaco-militares a aspectos económicos y sociales basados en la cooperación y la protección de los migrantes mexicanos en dicho territorio. Destaca también el interés por fortalecer y diversificar las relaciones con América Latina y el Caribe, así como con Europa, Asia y África. Adicionalmente es muy importante considerar la intención expresada por el propio presidente electo en su discurso del domingo 1 de julio de recurrir a organizaciones internacionales como la ONU y sus organismos para que contribuyan a resolver la crisis humanitaria que vive el país derivada de la guerra contra el narcotráfico iniciada hace doce años. Finalmente en cuanto a sus estrategias el proyecto enfatiza el respeto a los principios de política exterior, una mayor participación de los integrantes del Servicio Exterior Mexicano, la recuperación de la importancia de la riqueza socio cultural del país, así como una postura mesurada sin actitudes protagónicas.

En resumen los cinco elementos aquí analizados constituyen lo que he denominado el “Bono Progresista” de la política exterior de cara al inicio del gobierno de Andrés Manuel López Obrador. Su existencia representa en sí misma una oportunidad histórica para nuestro país y que de aprovecharse podría contribuir a que la capacidad de negociación, objetivos, estrategias y acciones de la nueva política exterior, coadyuven a revertir la crisis interna por la que atravesamos desde hace varios años y que ha afectado en particular a las clases y sectores históricamente excluidos, así como a hacer frente a los retos y amenazas derivadas del contexto internacional, particularmente las relacionadas con el unilateralismo, intervencionismo y el militarismo del  gobierno de los EE.UU. y sus clases dominantes.