Por: Daniel Hernández Ortega Presidente del Instituto de Política Internacional

Primera Parte

Consideraciones de la Seguridad Internacional Actual

Hace tan solo un par de años, los periódicos estaban inundados de noticias que aseguraban que  Estados Unidos y el resurgimiento de Rusia como un actor internacional importante, revivía el conflicto de una nueva Guerra Fría; y que un eventual enfrentamiento entre las grandes  potencias era de nuevo una posibilidad. Hoy, la nueva guerra comercial que ha decidido encabezar el presidente Donald Trump se ha centrado en la gran potencia emergente de los últimos años, China. La escalada en la guerra comercial que ha surgido entre ambos países, así como las tensiones que se han dado por las incursiones de buques navales estadounidenses en el Mar del Sur de China, han reavivado la incertidumbre de que un conflicto a gran escala es de nuevo una posibilidad; algo que en las últimas décadas parecía un acontecimiento bastante distante.

La Pax Americana

A principios de la década de 1990, la caída del muro de Berlín y el derrumbe de la Unión Soviética, marcaba el fin de la Guerra Fría, y con ello daba término al mayor conflicto político que había marcado la época de la post-guerra. El orden multipolar que había definido el conflicto entre oriente y occidente en la segunda mitad del siglo XX,  transitaba a un orden unipolar donde los EE.UU. se convertían en la única superpotencia a nivel global, dando paso a una hegemonía indiscutible y el establecimiento de una verdadera Pax Americana. Inmediatamente ratificada por el triunfo de la entonces operación Tormenta del Desierto en Irak.

Esta nueva Pax Americana, aparentemente, hizo que desapareciera la amenaza de una nueva guerra mundial a gran escala como las que tuvieron lugar el siglo pasado. Incluso, con este triunfo del liberalismo global,  varios teóricos se atrevieron a asegurar que se había llegado al fin de la historia. Que esta nueva etapa estaría macada por el final de las guerras y las revoluciones sangrientas, donde las personas ya no se verían en la fatalidad de inmiscuirse en conflictos armados, sino que cubrirían sus necesidades a través de la libertad económica que les brindaba este nuevo orden mundial.

Esta nueva etapa de paz y libre mercado se vería reafirmado con la conformación de la Unión Europea. El tratado de Maastricht en 1992 le daba un nuevo orden institucional a Europa,  en el que buscaba la rearticulación del espacio político que históricamente el continente  había jugado, así como la consolidación de un proyecto económico que había iniciado en la década de los 1950,  mediante el cual la integración de las economías continentales lograría desvanecer cualquier posibilidad de un nuevo conflicto entre las potencias europeas.

Pero el conflicto pronto apareció en los Balcanes, la antigua Yugoslavia se desintegraba y la recién Unión Europea se veía incapacitada de poder resolver un conflicto por ellos mismos dentro de lo que consideraban como su propio espacio de influencia. Los Estados Unidos y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) tuvieron que intervenir para resolver el conflicto.  Esto sólo evidenció, aún con su nuevo marco institucional, el dicho de que Europa es “un  gigante económico, un enano político y un gusano militar”, dado su sumisión en política de seguridad al pertenecer al acuerdo atlántico, y renuncia a tener una política de seguridad propia. Pero los conflictos internacionales resurgían.

Para inicios del nuevo milenio, los Estados Unidos se vieron sacudidos por los ataques terroristas del 11/9 a las torres gemelas en Nueva York. El entonces presidente George W. Bush y sus ministros –una nueva  ola de conservadores (neocons) – no  vacilaron en comenzar una nueva guerra a lo que ellos mismos denominarían como “guerra contra el terror”. Esta iniciaría  con una gran incursión militar de la OTAN para buscar a los responsables talibanes del atentado terrorista en Afganistán –país  del centro del continente asiático– que en el pasado les había dado grandes satisfacciones cuando los afganos lograron propiciarle a la Unión Soviética una derrota militar similar a la sufrida por los estadounidenses en  Vietnam. Dos años después de abrir un frente en Afganistán, la búsqueda de armas de destrucción masiva en Irak haría que los Estados Unidos –de manera unilateral y saltándose la aprobación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, en una clara violación al derecho internacional y haciendo uso de su hegemonía militar– decidió invadir Irak por segunda ocasión.

La derrota en el ámbito de la opinión pública, cuando no se encontraron las armas de destrucción masiva que las agencias de inteligencia de los EE.UU aseguraban que Sadam Husein tenía en su poder, el poco éxito en el mantenimiento de la paz tanto en Afganistán como en Irak, el excesivo gasto que le provocaba mantener el número de tropas desplegadas, aunado a la gran crisis económica-financiera global del 2008, que tuvo como origen la crisis del sector inmobiliario estadounidense, provocó que la percepción de la hegemonía estadounidense, tanto económica como militar se viera seriamente mermada, lo que daría al surgimiento de nuevos actores internacionales que empezarían a articular una transición del mundo unipolar a uno multipolar.

En la segunda década del siglo XXI, varios han sido los acontecimientos que han puesto en entredicho la unipolaridad del sistema internacional, principalmente el surgimiento de nuevos actores internacionales emergentes como es el caso de los BRICS. Estados Unidos poco ha podido maniobrar para que Rusia no se anexionara la península de Crimea. La India ha desplazado a los demás países en lo referente a la creación de tecnología informática. Brasil se ha convertido en una de las reservas más importantes de recursos naturales estratégicos. China y su proyecto del Nueva Ruta de la Seda con el que buscan posicionarse a nivel global. El surgimiento de  gobiernos progresistas en América Latina que le ha arrebatado espacio de acción y lo que los estadounidenses  consideraban como su patio trasero. La crisis que atraviesa la Unión Europea que inició con la crisis de la deuda en Grecia y que el día de hoy continua con una Alemania cada vez menos capaz de convencer  del proyecto  europeo, específicamente el caso particular del Brexit.

Todo esto ha hecho que cada vez más se cuestione la hegemonía de los Estados Unidos.

Es por ello, entre otras cosas, del surgimiento de Donald Trump, como un movimiento nacionalista estadounidense que busca reposicionar en el centro de la hegemonía a los Estados Unidos (De ahí el motivo del eslogan de campaña “Make America Great Again”). Aunado al surgimiento de los nuevos nacionalismos de corte ultraconservador en todo el mundo, como lo es el caso del Frente Nacional de  Marie Le Pen en Francia, La Liga Norte de Matteo Salvini en Italia, el Partido por la Libertad de Geert Wilders en los Países Bajos, el polaco Congreso de la Nueva Derecha KNP, el austriaco Partido de la Libertad, el Brexit Party de Nigel Farage, junto al nuevo primer ministro británico conservador (Tory), Boris Johnson, y el resurgimiento de la ultraderecha en Alemania con el partido AfD y el partido VOX en España. Sin mencionar el caso del presidente Brasileño, Jair Bolsonaro, entre muchos otros.

Este surgimiento de nuevos nacionalismo de ultraderecha a nivel internacional pone entredicho la Pax Americana establecida desde 1991 y aumentan los factores que influyen en que aumente las probabilidades de una futura guerra entre superpotencias.