Por: Daniel Benítez

El incremento de la presencia de China en todos los aspectos de la vida internacional ha sido un tema tratado a profundidad durante los últimos tiempos. Hoy por hoy, ese país es una de las naciones más influyentes en el mundo y está claramente en camino para consolidarse como la primera potencia mundial por su Producto Interno Bruto. Más aún, China también se está consolidando como un acreedor internacional de primer orden y cuenta con una solidez financiera respaldada por una fuerte política de ahorro, con reservas internacionales de 3,168 billones de dólares, lo que lo coloca como el país con más reservas. Esta característica le permite tener aspiraciones más serias de regiones fuera de su zona de influencia tradicional, por lo que recientemente ha invertido fuertes sumas en proyectos de inversión en países de África y el Caribe, principalmente.

Para entender el ascenso de este país, es importante conocer algunas cifras que lo describen: China tiene la población más grande del mundo (1384 millones para el año 2018, con una población media urbana de 150 a 200 millones con un crecimiento de 20 millones por año), tiene una extensión territorial de 9, 596 ,960 km2 , ocupando el cuarto lugar mundial solo por debajo de Estados Unidos, Canadá y Rusia. Además de que su PIB fue de 12.24 billones de dólares en el 2017, ocupando la segunda posición mundial en participación en el PIB global, solo por detrás de Estados Unidos. Debido a esta posición privilegiada en el contexto mundial, varios expertos han afirmado que el siglo XXI será el “siglo del Pacífico”, en referencia al incremento del poder de Beijing en las Relaciones Internacionales.

A pesar de que muchas de las estrategias de la política exterior de sus competidores en occidente están orientadas a contener la expansión de la influencia China, será difícil a largo plazo modular su avance en la región y en el resto del mundo, lo que estaría provocando fuertes confrontaciones comerciales y económicas y creando un escenario estratégico complejo. Así, China no solo ha incrementado su influencia en la región del Asia Pacífico, sino también en Asia Central, América Latina y África, alentada principalmente por la búsqueda de materias primas para la elaboración de manufacturas. Si bien todo lo anterior pareciera señalar un ascenso rápido de China, es necesario recordar que aún tiene importantes desafíos como un mercado interno pequeño en comparación con su sector exportador, tiene una dependencia cada vez mayor de los mercados de mano de obra, padece problemas sociales y políticos cada vez más visibles y complejos y su un aparato tecnológico militar es aún poco desarrollado en comparación con el de Estados Unidos.

Para entender mejor el desarrollo de la estrategia internacional de China, tanto en la política internacional como en lo económico, es necesario comprender su sistema político. A lo largo del siglo XX, el gobierno de China ha experimentado transformaciones sucesivas y pragmáticas, hasta llegar a un sistema con ciertas funciones centralizadas bajo un paradigma filosófico de valores (confucianismo) que ha ayudado a la estabilidad relativa del sistema. Después del triunfo de la revolución comunista pocos años después del fin de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno reorganizó la población y la administración pública de manera radical, causando en algunos casos graves desequilibrios con consecuencias desastrosas. La política voluntaristas de Mao Zedong generó en varias ocasiones graves crisis económicas y políticas, como en el caso del gran salto adelante (1958-1962), generando una gran hambruna en la que murieron más de 30 millones de personas aproximadamente, así como la campaña antiderechista, las purgas del partido, la revolución cultural (1966-1977) que casi desata la guerra civil, o una política exterior que aisló al país durante más de dos décadas.

Sin embargo, desde la apertura de los años ochenta bajo el liderazgo de Deng Xiaoping, las políticas gubernamentales se han ido flexibilizando, permitiendo la inversión extranjera, la movilidad geográfica de los habitantes, la compra de bienes antes prohibidos y muchos otros derechos a los cuales antes no se tenía acceso. Así, el país comenzó a experimentar un crecimiento económico acelerado con tasas incluso de dos cifras y la mejora de niveles de vida de amplios sectores de la población. No obstante, el modelo económico también ha generado desigualdades inexistentes en el período maoísta, y tensiones sociales que amenazan con desestabilizar al país, particularmente en regiones autónomas y en zonas con minorías étnicas y religiosas como Xinjiang o el Tíbet, cuyos conflictos comienzan a tomar un cariz preocupante, tanto por las violaciones a los derechos humanos como por el hermetismo oficialista.

Otra consecuencia del desarrollo económico acelerado es el grave deterioro ecológico que sufre el país. Si bien es cierto que el país asiático es el segundo país que emite más gases de efecto invernadero sólo después de Estados Unidos, también es verdad que China es el país en el mundo que invierte más dinero en desarrollo de energía limpia. El tema del medio ambiente en China es, sin lugar a dudas, polifacético, pasando de extremos como la reforestación en zonas occidentales donde antes había desierto hasta devastación ecológica en el área donde se construyó la presa de las tres gargantas, el proyecto hidroeléctrico más grande del mundo, el cual significó el desplazamiento de miles de personas de sus hogares y la destrucción de ecosistemas únicos. A partir del abandono de Estados Unidos del acuerdo de Paris para la reducción de las emisiones de CO2, China ha impulsado fuertemente la investigación e inversión en el desarrollo de energías limpias, e incluso se encuentra en camino para cumplir con sus compromisos internacionales de manera adelantada.

Aunque China aplica cada día más tecnologías para dejar de depender del petróleo y el carbón, su consumo sigue en aumento, y según datos de McKinsey & Company, si para el 2005 china producía 2,503 terawatts/hora, este número aumentará en 2030 a 9,256; de los cuales el 70% seguirá dependiendo del carbón. El problema del cuidado del medio ambiente en China ha repercutido en la salud de la población, ya que debido a los altos niveles de contaminación del aire en las ciudades, se vuelve difícil llevar a cabo actividades al aire libre, mientras la polución de las fábricas a envenenado muchos mantos acuíferos y generado enfermedades como leucemias en varias poblaciones o quitado de sustento a aldeas enteras al dejar inservible la tierra.

El cambio en las políticas ambientales también es causa y consecuencia del desarrollo científico-tecnológico de la plata productiva del país asiático. En los primeros años de la reforma económica de los ochenta, las manufacturas chinas eran de baja calidad y poca complejidad científico tecnológica; sin embargo, las industrias chinas han ganado experiencia y han invertido en investigación y desarrollo científico y tecnológico, al mismo tiempo que el estado, a través del ministerio de ciencia y tecnología, ha implementado programas para el acercamiento de las universidades con los parques industriales y clusters productivos para mejorar los estándares de producción y los niveles tecnológicos del mismo.

Este avance en la producción de bienes con valor agregado y alto componente científico tecnológico se ha visto reflejado en su estructura comercial. Como ejemplo, podemos mencionar que el 70 por ciento de las importaciones chinas a México son componentes intermedios para la industria electrónica y de manufacturas, mientras sólo el 7 por ciento corresponde a industria ligera como textil o calzado. A pesar de que los productos chinos tienen la fama de tener baja calidad, las opciones que el mercado chino ofrece se han ampliado drásticamente debido al crecimiento de la clase media en dicho país, pasando en algunos casos del lema “made in China” a “created in China”, lo que implica no sólo el ensamblaje del producto, sino todo el proceso de elaboración, desde la concepción y el diseño, hasta el empaque y embalaje.

Con todo, China se encuentra catalogado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo Humano como un país con un índice de desarrollo medio (en el puesto 86 de 189 países), lo que significa que los niveles de pobreza son todavía importantes. Aunque las estadísticas chinas señalan que la tasa de pobreza en el país ronda el 10 por ciento (en Estados Unidos es de 15.1%), se debe considerar que el PIB per cápita de China no representa ni una séptima parte del de Estados Unidos.

El mejoramiento de los niveles de vida y la creación de una clase media durante los últimos años ha sido un avance importante en el contexto social. No obstante lo anterior, la desigualdad se ha disparado, pasando de ser el país más igualitario del mundo en la década de los setenta a tener un índice de desigualdad en 2015 de 38,6 en el coeficiente de Gili. Otro factor a tomar en cuenta es que, aunque los salarios son bajos en comparación con cualquier país desarrollado o con América Latina, la paridad del poder adquisitivo en China es diferente, por lo que el poder adquisitivo del salario es mayor en proporción.

Y con incremento de los niveles de vida, también ha crecido la demanda por productos agroalimentarios, sobre lo que la doctora Yolanda Trapaga señala: “China se encuentra en un momento de transición de su patrón de consumo alimentario. La apertura del mercado chino y las reformas económicas redundaron en la elevación de los niveles de vida, del poder adquisitivo y en cambios importantes en los hábitos de alimentación, lo que está transformando el mercado de alimentos en ese país”. Esta elevación ha afectado la estructura del comercio agrícola, ya que el saldo comercial de China se había mantenido superavitario hasta 1999, lo que era coherente con una política de autosuficiencia alimentaria. No obstante, desde ese año China ha incrementado su dependencia a la importación de oleaginosas, raíces feculentas, nueces, y cereales, la cual se ha agravado durante los primeros años del siglo XXI. A pesar de que China ha reducido su inversión en agricultura de forma gradual, para 2004 el sector aún representaba más del 8 por ciento del gasto púbico.

Por su parte, las exportaciones agrícolas chinas en el rubro de frutas y hortalizas se han vuelto las más importantes competidoras de Estados Unidos en los mercados asiáticos, desplazándolas del mercadlo japonés desde 1996. A diferencia de México, la mayor parte de las frutas y hortalizas chinas para la exportación son productos procesados. Otra característica interesante es la disminución del crecimiento de las importaciones y las exportaciones durante el año 2009 como consecuencia de la crisis internacional de dicho año. No obstante, gracias a que la inversión en agricultura y en protección social fue más alta que la de otras economías, China fue capaz de hacer frente al impacto de la crisis de precios de los alimentos.

En la medida en que ha aumentado el ingreso por habitante, se ha diversificado la dieta de la población, proceso que ha sido más lento en el campo. En consecuencia, las fluctuaciones de las exportaciones de maíz responden al incremento del nivel de vida en China, así como al aumento de la demanda interna debido a la utilización del mismo para alimento de ganado y para la elaboración de bioetanol. Sin embargo, el caso de crecimiento más destacable es, sin lugar a dudas, el de la soya. Para el año 2000, el valor total de las importaciones de soya era de 2,768 millones de dólares, elevándose a 22,980 mdd para el 2008, lo que implica que se multiplicó en casi 10 veces en 9 años. El peso de las importaciones de soya es tal que, a lo largo del período analizado, éstas superan por 51,009 millones de dólares a todas las demás importaciones en su conjunto. Otro rasgo interesante acerca de este rubro es su acelerado crecimiento, el cual tan sólo en el lapso 2007-2008 fue de 10,628 millones de dólares, es decir, 86 por ciento de incremento. A pesar de que China es uno de los principales productores mundiales de alimentos y el principal productor de trigo, su producción no es suficiente para su consumo interno, por lo que el comercio de cereales con países como Argentina y Brasil resulta de importancia estratégica para China.

Aproximaciones finales

Actualmente China se encuentra en un proceso acelerado de encumbramiento internacional debido a su probada potencia económica, lo que ha generado preocupación entre otros actores internacionales, que no han dudado en recurrir a sanciones y guerras comerciales para detener o, al menos, tener un mayor margen de negociación y de tiempo para poder competir con el acelerado crecimiento económico de Beijing. Aunque lo anterior podría sonar alarmista, los intereses primarios chinos en política internacional se encuentra en su zona de influencia inmediata, en la cual comparte espacio con otros estados con recursos económicos altos y fuerte presencia militar, por lo que se puede considerar que a mediano plazo Beijing seguirá apostando por una diplomacia pacifista pero férrea en la defensa de sus aliados locales y de sus intereses ante otros actores poderosos.

Conforme la influencia china se vaya consolidando en distintos aspectos, se modificará gradualmente la percepción que otros países tienen sobre China, así como el grado de penetración cultural que pueda tener. Aún queda por verse cómo va a influir el apogeo económico y el ascenso político de Beijing en la conformación de una diplomacia cultural más intensa en occidente y, particularmente en África y América Latina, donde la presencia del país asiático no ha hecho más que crecer durante los últimos años. Así mismo, todavía es pronto para saber cuáles serán los aspectos de la cultura popular que se verán trastocados por la competencia de nuevos estándares axiológicos, ideológicos, estéticos y sociales.