Por: Arturo López Vargas

En los últimos días uno de los temas más debatidos en torno a la política exterior del nuevo gobierno de México ha sido la candidatura para ser miembro no permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (CSNU) y el apoyo que para tal efecto ha recibido por parte de todos los países de la región de América Latina y el Caribe. El debate en los medios y la opinión pública ha oscilado en torno a dos añejas posturas sobre este tema: quienes se oponen a la participación en ese órgano ya que consideran que es un riesgo que nuestro país no debe correr dada la naturaleza de los temas discutidos y por la presión de la que México puede ser objeto por parte del gobierno de Estados Unidos (EE.UU.); por otra parte se encuentran quienes consideran que es un acierto de la nueva administración pues colocará al país en una posición de mayor notoriedad y responsabilidad en las discusiones internacionales y será un contrapeso favorable en la relación con los EE.UU., particularmente por la hostilidad que desde hace tres años ha desplegado el gobierno de Donald Trump y cuyo episodio más reciente fue la amenaza de imponer aranceles a nuestras exportaciones si no se frenaba la migración en tránsito por México.

Si bien al igual que otros temas de la agenda pública, la participación de México en el CSNU es un asunto controversial que puede utilizarse para la polarización de especialistas y la ciudadanía en general, es posible afirmar que posicionarse inicialmente a favor o en contra de dicha decisión, constituye en realidad un falso dilema pues como afirma una connotada especialista de la política exterior de México, “…pertenecer al Consejo de Seguridad no tiene un valor en sí mismo”[1], sino que éste se adquiere o se pierde en función de la relevancia de dicho órgano de la ONU en un determinado momento histórico, y sobre todo, en función de los objetivos, posturas, acciones y estrategias que un país miembro despliegue a lo largo de su presencia de dos años.

En otras palabras, el CSNU a pesar de su relevancia por momentos formal y por otros real en la política internacional, es esencialmente un medio para avanzar o en su defecto retroceder, en la consecución de lo verdaderamente relevante que son las grandes aspiraciones colectivas y gubernamentales plasmadas en un proyecto de nación.

Bajo esta premisa la decisión del gobierno encabezado por el presidente López Obrador para mantener la candidatura de México al CSNU no puede condenarse o celebrarse por sí sola, sino que es necesario reflexionar previamente en torno a los resultados de las cuatro experiencias pasadas como miembro no permanente, analizar la situación general del contexto mundial, de la ONU, de nuestro país y de su política exterior, así como esbozar los posibles objetivos y estrategias que se pueden instrumentar, si es que finalmente se ocupa el asiento como miembro no permanente en la votación del año entrante en la Asamblea General.

  1. Las lecciones de la historia: breve balance de las cuatro participaciones previas de México en el CSNU.

Nuestro país ha sido miembro no permanente del CSNU en cuatro ocasiones anteriores: 1946; 1980-1981; 2002-2003 y 2009-2010[2]. A manera de síntesis es posible afirmar que en el caso de las dos primeras hubo escasos resultados positivos debido a que por un lado no fueron producto de una decisión planead sino de las circunstancias coyunturales y por otro, se presentaron en el contexto de la Guerra Fría, misma que paralizó enormemente las decisiones y acciones del Consejo de Seguridad debido al veto de EEUU y la URSS. Dichos resultados, sobre todo en la primera participación, provocaron que los gobiernos mexicanos decidieran no incursionar por un largo periodo como miembros no permanentes del CSNU, y en su lugar orientaron sus esfuerzos en otras instancias de la ONU como la Asamblea General y el Consejo Económico y Social, o bien en la Organización de Estados Americanos.

El término de la Guerra Fría generó un contexto mundial más favorable para la participación de la ONU y el CS en la renovada agenda de amenazas a la paz y seguridad internacionales lo cual sumado a los cambios político-electorales ocurridos en el gobierno federal de nuestro país a partir del año 2000 con la llegada del PAN en sustitución del PRI, llevó a que se participara en dos ocasiones en menos de una década (2002-2003 y 2009-2010) en el CS. A diferencia de las incursiones previas, en estos casos, sobre todo el segundo, fueron decisiones planeadas como parte de los proyectos de política exterior de cada administración lo que a su vez permitió contar con tiempo para la preparación de la campaña ante la AG, así como las posturas ante la agenda del CS, y también en las delegaciones que se encargarían de representarnos en dicha instancia.

Sin duda de esas dos experiencias en los gobiernos panistas la que más atención recibió fue la del bienio 2002-2003 debido a que transcurrió en medio de las discusiones sobre las sanciones y la eventual intervención militar contra Iraq promovidas por el gobierno estadounidense de George Bush Jr. como represalia por su supuesta participación en los atentados del 11-S, así como por la pretendida posesión de armas de destrucción masiva denunciada por Washington. Las posturas y acciones de México fueron contrarias a esos objetivos de los EEUU, lo que desató controversias al interior del propio gabinete mexicano, así como entre especialistas, medios y la opinión pública ya que se argumentaba que si nuestra delegación no se plegaba a los intereses de Washington, podrían haber represalias de orden comercial y migratorio. Al momento de las discusiones finales celebradas entre febrero y marzo de 2003, México se opuso al proyecto de EEUU para invadir Iraq con el aval de la ONU, a pesar de lo cual, no se presentaron las represalias del vecino del norte, lo que demostró que EEUU no determinaba necesariamente su política exterior hacia México, por la actuación de éste en el CS.

En el caso de la última participación de México y que se presentó en los años 2009-2010, el entonces representante permanente de México ante la ONU, ha sintetizado como los principales resultados de esa experiencia el reconocimiento a la labor de nuestro país como presidente del CS en dos ocasiones durante el 2009 y 2010 y en las que se lograron avances en materia de solución de algunas controversias internacionales como la correspondiente al bloqueo por parte de Israel de la ayuda humanitaria procedente de Turquía rumbo a la franja de Gaza, así como las disputas por el programa nuclear de Irán[3].

  1. El contexto actual y su posible influencia en la participación de México en el CSNU.

Como señalamos anteriormente, para estar en condiciones de ofrecer una evaluación más precisa sobre la decisión del actual gobierno para participar a partir de 2021 en el CSNU, es necesario bosquejar los contextos internacional, regional y nacional recientes puesto que todos ellos han influido en las acciones y resultados de México en sus anteriores participaciones, y sin duda lo harán en la siguiente.

En el primer ámbito es evidente que el mundo atraviesa por un periodo de crisis e inestabilidad en ascenso, reflejado sobre todo en una pugna intercapitalista protagonizada por EEUU y China en un primer caso y que ha devenido en una guerra comercial y la consecuente desaceleración económica a nivel mundial; una creciente confrontación con posibles alcances militares entre EEUU e Irán así como EEUU y Rusia entre otros conflictos militares de alcance regional, que dado el arsenal atómico existente, las nuevas tecnologías en materia de armamento, y el desmantelamiento de acuerdos internacionales sobre la materia, han llevado a encender las alertas de una eventual guerra a nivel mundial sin precedentes[4].

Por otro lado estamos en presencia de un nuevo auge de gobiernos y movimientos neoconservadores cuyos ejemplos más relevantes los encontramos en EEUU con Trump a la cabeza, en Gran Bretaña con el recién electo primer ministro Boris Johnson, en América Latina con presidentes como Bolsonaro en Brasil y Macri en Argentina, pero sobre todo con tendencias y posturas ultranacionalistas, racistas, xenófobas, belicistas e injerencistas que reciben el apoyo de amplios sectores sociales y que reflejan la instauración de un consenso neoconservador en diferentes escalas y regiones del planeta.

Un tercer aspecto central para entender la magnitud de la crisis mundial actual es el denominado “colapso climático antropogénico” mismo que se manifiesta hoy en día en el aumento de las temperaturas en los océanos y la superficie terrestre, el incremento de los niveles del mar, una nueva fase de la extinción masiva de especies, el agotamiento de las reservas de agua dulce todo lo cual ha dado lugar a que un reconocido grupo de científicos de todo el mundo, haya colocado el reloj del fin del mundo, “a dos minutos del abismo” o del colapso último[5].

Finalmente y no menos grave que todos los ejemplos anteriores resalta el aumento sin precedentes en la desigualdad, la exclusión, la inseguridad y la violencia social a nivel internacional que configuran lo que Giorgio Agamben ha caracterizado como un “Estado de excepción” es decir,  “[L]a instauración de una guerra civil legal que permite la eliminación física no sólo de los adversarios políticos, sino de categorías enteras de ciudadanos que por cualquier razón resultan no integrables en el sistema político”[6]. Hoy en día, sobran ejemplos que han colocado a lxs migrantes de todas las regiones y países pobres como los objetivos principales de ese estado de excepción, al mismo tiempo que se siguen abriendo las puertas para la circulación de capitales y de mercancías ilícitas.

Dado ese panorama mundial los desafíos para el multilateralismo en general, y la ONU y el CS en particular, no podrían ser más complejos y apremiantes, los cuales se suman a una serie de cuestionamientos de larga data por su incapacidad para ofrecer alternativas viables a las distintas amenazas a la paz y seguridad mundiales, por haber sido rehén de las confrontaciones de los centros de poder, y por haber servido para legitimar acciones contrarias a los intereses colectivos.

En el caso de nuestro país y su política exterior los retos no son menores ya que el contexto de arranque del nuevo gobierno en ambos terrenos no encuentra otra caracterización más precisa que referirnos a una crisis de alcance estructural reflejada principalmente en la violencia generalizada y sus miles de asesinatos, desapariciones, feminicidios y víctimas de torturas y daños psicológicos; la pobreza y desigualdad permanentes;  la corrupción e impunidad institucionalizadas y perpetuadas a través de todos los gobiernos anteriores y simbolizadas en múltiples casos de graves violaciones a los derechos humanos; y por supuesto, una política exterior al servicio de una facción política y económica transnacional que sirvió como un instrumento complementario para los fines ilegítimos e ilegales que poco a poco se van revelando a partir de las investigaciones como el caso Odebrecht, el lavado de dinero en paraísos fiscales del extranjero, el tráfico de armas, drogas y personas, el despojo de la riqueza nacional,  y la subordinación de nuestro país a los intereses militares y económicos de los EE.UU. y ejemplificados con el caso de la Iniciativa Mérida.

  • La posible participación de México en el CSNU y sus implicaciones para la política exterior del gobierno de AMLO.

En el Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024, recientemente aprobado por la Cámara de Diputados, el apartado de política exterior señala como su meta general “tener la más estrecha y la más respetuosa relación posible con todos los pueblos y gobiernos del mundo[7]” para lo cual se enfatiza la vigencia de los principios históricos y constitucionales de nuestra política exterior.

En el caso específico del ámbito multilateral ese documento expresa su aspiración en los siguientes términos: “México continuará incidiendo en la atención de los retos y problemas globales, mediante una activa política exterior multilateral en los distintos foros, organizaciones y mecanismos que existen.”[8]

La parte central del apartado que sintetiza tanto el análisis del contexto internacional, como las posturas y objetivos de México frente al mismo, señala de manera puntual que el país:

…debe continuar con su reconocida política exterior multilateral. Esto supone que el país siga siendo un actor clave en la coordinación de esfuerzos internacionales para enfrentar riesgos y amenazas complejos, sin fronteras y sistémicos que afectan la paz y seguridad internacionales, así como el lugar de México en el mundo…Para ello, el Gobierno de México plantea una nueva política exterior multilateral transformadora basada en: (1) impulsar sociedades incluyentes, abiertas, prósperas y felices; (2) avanzar en la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (Agenda 2030) y el combate al cambio climático; (3) promover la igualdad de género y no discriminación; (4) ser un actor congruente en materia de derechos humanos; y (5) ser un actor relevante en favor del desarme, la seguridad internacional y la paz sostenible.[9]

 

Como se puede apreciar en estos extractos del proyecto de política exterior del gobierno mexicano, hay un diagnóstico claro de los principales factores de orden internacional, así como los objetivos general y particulares de nuestro país frente a los mismos a fin de reducir o neutralizar sus efectos adversos y al mismo tiempo, potenciar los posibles beneficios, particularmente a partir de los instrumentos multilaterales existentes hoy en día, así como el regreso a una política exterior basada en principios que son al mismo tiempo parte medular del Derecho Internacional Público en general, y de la Organización de las Naciones Unidas en particular.

Si conjuntamos esta lectura del PND 2019-2024 en materia de política exterior, con los primeros siete meses de su ejecución en la que han destacado particularmente los cambios en las decisiones y acciones frente al conflicto en Venezuela a fin de privilegiar una solución diplomática y apegada a los intereses de los propios venezolanos en oposición a una postura mayoritaria de corte injerencista e incluso militarista, y por otro lado, una relación conflictiva y cambiante con el gobierno de los EEUU en los que se apreció una primera etapa de relativa estabilidad, y una segunda etapa de acciones unilaterales de parte de Washington enfocadas en los ámbitos comercial y migratorio que han obligado al gobierno mexicano y la SRE a modificar algunas posturas sobre todo en materia migratoria tanto en su frontera norte pero sobre todo en la frontera sur, es posible determinar con mayor claridad las razones por las que una participación en el CSNU, con la suficiente preparación, clara en sus objetivos y amplia en sus estrategias, sería favorable a los propósitos específicos de la política exterior, pero también a algunas metas del proyecto nacional.

Por ejemplo, la presencia más activa de México en la ONU y su CS permitiría continuar la búsqueda de alternativas institucionales y multilaterales a graves problemas de la agenda internacional y regional en materia de seguridad que han afectado a nuestro país como el tráfico ilegal de armas (sobre todo procedentes de EEUU), el tráfico de personas, el lavado de dinero entre otros, y que por su propia naturaleza, requieren de iniciativas transnacionales o regionales.

Particularmente acuciante es la búsqueda de nuevas perspectivas e iniciativas multilaterales que sin plasmarse en Resoluciones del CSNU dado que no son parte de su agenda,  sí permitan abordar el problema migratorio procedente de Centro, Sudamérica, y el Caribe en su ingreso por nuestra frontera sur y su tránsito por el resto del territorio nacional, ya que hasta ahora a pesar de los esfuerzos iniciales por modificar el paradigma de la política migratoria prevaleciente en los gobiernos pasados y que se concretó a inicios de este gobierno con la adopción del Pacto Mundial para la Migración Ordenada, Segura y Regular, se ha enfrentado al unilateralismo y extorsión comercial de la administración Trump, lo cual ha llevado a restringir las rutas migratorias y a echar mano de escasos recursos económicos nacionales para destinarlos a programas de inversión en países como El Salvador y Honduras.

Igualmente, al concretarse la participación de México en el órgano de Naciones Unidas encargado de mantener la paz y seguridad internacionales, se podría fortalecer el apoyo a iniciativas multilaterales pendientes en su agenda tales como los conflictos en Medio Oriente, el colapso climático, la reforma de la ONU y sus órganos, el combate a la desigualdad y la pobreza, así como el fortalecimiento mismo del multilateralismo frente a la ofensiva unilateral en curso por distintos actores internacionales.

Finalmente es factible aprovechar la membresía y la plataforma que brinda el CSNU para impulsar a nivel mundial y regional una nueva perspectiva de las relaciones internacionales que responda a las problemáticas que aquejan a la mayoría de los países empobrecidos y sus habitantes, a la paz justa en distintas regiones, al respecto irrestricto a los derechos humanos y la diversidad cultural, e incluso a una nueva ética política y económica, que haga frente al consenso neoconservador que ha ido ganando terreno, amparado en una retórica que apela al miedo, la confrontación y la amenaza al uso de la fuerza.

  1. Reflexión final.

Dadas las características más importantes de la época histórica actual sintetizadas en la profundidad y transversalidad de sus crisis(económica, ambiental, política y social), la naturaleza transnacional de las amenazas a la seguridad, así como el fortalecimiento de proyectos y gobiernos nacionalistas contrarios al derecho internacional y la diplomacia, es posible afirmar que no hay alternativa política viable en ningún lugar del mundo que no pase por planteamientos que asuman la política exterior como un ámbito estratégico y por ende como una trinchera de resistencia y de construcción de proyectos en beneficio de sus ciudadanos, sobre todo los más afectados por los efectos de las crisis ya referidas.

En este sentido, la eventual participación de México en el CSNU a partir del 2021 representa una vía de acción para su política exterior que entraña una serie de riesgos pero también oportunidades las cuales estarán determinadas por una serie de factores, actores e intereses.

En el caso de los riesgos es obvio pero necesario recalcar que  nuestra presencia en el CS  demandará la toma de posturas frente a temas muy sensibles para los intereses de los miembros permanentes como el programa nuclear de Irán, el conflicto Israel-Palestina, la guerra en Siria, el conflicto entre las Corea, entre otros, así como la revisión de temas controversiales para nuestro país en su relación con el propio CS tales como la participación en las OMP´s, y los límites del principio de no intervención frente a casos de violaciones graves a los derechos humanos.

Las oportunidades más importantes por supuesto se concentran en la posibilidad de que el CS sea aprovechado como un elemento para buscar y encontrar aliados y espacios de discusión política, sobre todo entre los miembros no permanentes, para mediar las presiones del vecino del Norte, pero también para manifestar posturas propias frente a temas de interés nacional e internacional que se discutan en ese ámbito, como el tráfico de armas, el cambio climático y el fortalecimiento del multilateralismo.

Dado todo este panorama, renunciar de antemano a la participación de México en el CSNU para el periodo 2021-2022 como demandan algunas voces, sería renunciar a una vía de acción que si bien entraña riesgos ya señalados, implica oportunidades no existentes hoy en día y que se puede potenciar a través de un liderazgo presidencial que no se había visto en los últimos sexenios, una imagen internacional del país que se ha visto también fortalecida por el cambio político de 2018, una delegación capaz y comprometida con las metas y objetivos a lograr, pero sobre todo con un proyecto de política exterior específico para la participación en el CSNU que alineado al proyecto nacional, sea un instrumento importante para coadyuvar en la resolución de las crisis heredadas al nuevo gobierno y que permita reposicionar al país

[1] Olga Pellicer, “La pertenencia de México al Consejo de Seguridad: ¿una meta relevante?” en Guadalupe González, Olga Pellicer y Natalia Saltalamacchia (eds.) México y el multilateralismo del siglo XXI. Reflexiones a los 70 años de la ONU, Ed. Siglo XXI, México, 2015, p. 49

[2] A la fecha no existen muchas fuentes de consulta sobre la historia de las participaciones de México en el CSNU. No obstante, para quien desee profundizar en el contexto particular, los objetivos y las acciones más relevantes de las delegaciones mexicanas en los periodos correspondientes, existen tres textos básicos sobre el particular: Secretaría de Relaciones Exteriores, Voz de México en el Consejo de Seguridad de la ONU, 1946-2008, SRE-IMR, México, 2009;  Olga Pellicer, “La pertenencia de México al Consejo de Seguridad: ¿una meta relevante?” en Guadalupe González, Olga Pellicer y Natalia Saltalamacchia (eds.) México y el multilateralismo del siglo XXI. Reflexiones a los 70 años de la ONU, Ed. Siglo XXI, México, 2015, p. 49-75, Roberto Dondisch (coord.), México en el Consejo de Seguridad de la ONU, Ed. Debate, México, 2012, 278 pp.

 

[3] Claude Heller, “Una contribución por un mundo mejor: las presidencias de México en el Consejo de Seguridad de la ONU (2009-2010), en Roberto Dondisch (coord.), México en el Consejo de Seguridad de la ONU, Ed. Debate, México, 2012, 278 pp.

[4] Daniel Hernández Ortega, “¿Estamos cerca de una nueva Guerra Mundial?”, Instituto de Política Internacional, 30 de julio de 2019, disponible en:  https://politicainternacional.com.mx/2019/07/30/estamos-cerca-de-una-nueva-guerra-mundial/

[5] El Universal, “Estamos a dos minutos para el fin del mundo”, 24 de enero de 2019, disponible en:  https://www.eluniversal.com.mx/ciencia-y-salud/estamos-dos-minutos-para-el-fin-del-mundo

[6] Giorgio Agamben, El Estado de excepción,  Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2004 p. 25

 

[7] Gobierno de México, Plan Nacional de Desarrollo 2019-2024, p. 63

[8] Ibid., p. 65

[9] Ibid., pp. 65-66