Eduardo Tzili Apango*

Hace poco más de dos mil años, en el continente euroasiático, se daba un intenso intercambio de productos y una gran movilidad de personas, situaciones que condujeron a la difusión de ideas, religiones y bienes comerciales. Entre las ideas difundidas más notables fueron los diseños arquitectónicos y urbanos griegos –herencia de la incursión de Alejandro Magno a lo que hoy es el norte de India– y las armaduras y sillas de montar de Asia Central. El budismo, el cristianismo y el Islam fueron de las religiones difundidas más importantes que pudieron esparcirse por las rutas de las caravanas que atravesaban Eurasia. Los bienes comerciales más reconocidos en este intercambio fueron las especias, el té, las pieles y, evidentemente, la seda.

El auge y caída de los grandes imperios euroasiáticos –el romano, el persa, el sasánida, por mencionar algunos– dependieron, en gran medida, del flujo de bienes y personas en la región. El intercambio comercial transcontinental permaneció a pesar de las turbulencias políticas y militares, e incluso se fortaleció por ellas. Cabe recordar que cuando los musulmanes dominaron Egipto y el canal de Suez, los pueblos europeos empezaron a explorar rutas alternativas hacia lo que llamaban “Cipango” (hoy Japón), las “tierras del gran Khan” (hoy China) y “las Indias”, con el objetivo de seguir disfrutando de las conexiones comerciales.

Cuando los pueblos europeos –específicamente España– llegaron al hoy continente americano en el siglo XVI, y después de conectar el este asiático con Europa vía América, surgió la “globalización temprana”. Esta, en realidad, llevó por primera vez el antiguo y dinámico intercambio de bienes y personas a una escala planetaria. Por ello, la globalización temprana implicó un intenso intercambio de mercancías, pero también diversificó dicho intercambio, pues productos antes meramente locales viajaron a confines de numerosos pueblos, como la plata, la papa o la cerámica.

La globalización temprana fortaleció a los pueblos europeos, pues les permitió tener acceso a ricos mercados, mismos que fueron aprovechados por medio de la lógica de una incipiente estructura capitalista. Así, para el siglo XIX los pueblos europeos habían construido verdaderos y prósperos imperios globales que, debido a las ideas capitalistas, profundizaron el intercambio comercial a ritmos sumamente acelerados.

Es importante recordar que con el surgimiento capitalismo nació también la “modernidad”, aquella categoría histórica europea que caracteriza numerosos procesos culturales y sociales a partir del “Renacimiento”. Parte de la modernidad implicó el fomento de la ciencia, el conocimiento y la lógica, situación que llevó a sendas revoluciones científicas y tecnológicas, aunado al nacimiento de novedosas ideas, conceptos y teorías para comprender a la realidad. Precisamente, una de estas ideas fue la “ruta de la seda”, concepto acuñado por el geógrafo alemán Ferdinand von Richthofen en 1877 para caracterizar al intercambio de personas y productos dado desde la antigüedad que he descrito.

A finales del siglo XIX, e inicios del XX, la acuñación de términos para describir fenómenos dados en un determinado espacio fue una práctica común, y en 1899 el geógrafo y politólogo sueco Rudolf Kjellén sintetizó estos esfuerzos con base en el término “geopolítica”. Cabe destacar que uno de los principios que Kjellén reproduce en su “geopolítica” fue el del “espacio viviente” (lebensraum), herencia del geógrafo alemán Friedrich Ratzel, y que después sería utilizado expresamente por la Alemania nazi para justificar su expansión territorial. Ratzel, empero, utilizó el concepto de “espacio viviente” para describir la expansión territorial de las potencias europeas durante el siglo XIX.

En este sentido, como la “ruta de la seda” no fue un proceso de expansión territorial, sino un proceso de intercambio económico dado en un espacio determinado, es posible caracterizar a la antigua ruta de la seda como un fenómeno “geoeconómico” en razón de que primero estuvo confinado al continente euroasiático, y después pasó a ser un “fenómeno de globalización temprana” a raíz del intercambio euroasiático vía el continente americano.

Durante el periodo de la Guerra Fría (1945-1991) la “ruta de la seda” fue olvidada hasta cierto punto. En 1988 la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) rescató la idea de la ruta de la seda, y la puso nuevamente en circulación entre el imaginario de la sociedad mundial. La UNESCO manejó a la ruta de la seda como un fenómeno histórico que permitió un dinámico intercambio cultural.

En otro orden de cosas, es importante recordar que después de la caída del muro de Berlín, la Unión Soviética se desintegró en numerosos países que pasaron a formar parte del conocido “espacio post-soviético”. A inicios de la década de 1990, el gobierno de la República Popular de China propuso revivir la antigua ruta de la seda, esto para fomentar la estabilidad fronteriza con base en el intercambio económico, sobre todo para evitar el surgimiento de fundamentalismos religiosos y problemas sociales en el espacio post-soviético contiguo. Algunos países, como Kazajstán –en Asia Central–, aceptaron esta propuesta. Sin embargo, las prioridades de los gobiernos de la región, en aquél momento, dificultaron materializar esta propuesta.

No sería hasta el año 2013 que el gobierno chino propuso, nuevamente, revivir la antigua ruta de la seda por medio de la “Iniciativa Franja y Ruta”. En un inicio, esta iniciativa integró un objetivo fundamental en dos dimensiones: construir infraestructura para superar las “trampas al desarrollo” en el continente euroasiático –por medio de la Franja Económica Ruta de la Seda– y en los mares aledaños a este –por medio de la Ruta de la Seda Marítima del Siglo XXI–. Pero, para 2019 ya se habían sumado varios otros objetivos y se habían incluido otras dimensiones. Así, los objetivos de la iniciativa china también implican promover el desarrollo económico ambientalmente sustentable –por medio de la Ruta de la Seda Verde–, la diversificación de la conectividad y de las rutas comerciales por el Ártico –por medio de la Ruta de la Seda Polar–, así como por la Internet –Ruta de la Seda Digital– y el espacio exterior –Ruta de la Seda Espacial–.

Desde del surgimiento de la Iniciativa Franja y Ruta han surgido voces alabadoras y críticas del proyecto chino. Del lado de las voces alabadoras, se aplaude la disposición de capital para la inversión en infraestructura y la oportunidad que el proyecto chino ofrece para el desarrollo de países que no han podido superar los obstáculos a su crecimiento económico. Del lado de las voces críticas, se subrayan las intenciones “ocultas” del gobierno chino detrás de la Iniciativa Franja y Ruta, alegando que esta es en realidad un proyecto que reviste características geopolíticas, aunado a que el proyecto es una forma de “neo-mercantilismo” que implica endeudamiento por parte de los países que quieren gozar de las inversiones chinas.

En este sentido, me gustaría desarrollar un argumento en torno a la idea de la Iniciativa Franja y Ruta como un proyecto geopolítico. En entrevista con Li Shipeng, director de la oficina general del Centro China para Estudios del Mundo Contemporáneo[1] (CCCWS por sus siglas en inglés), sobre la naturaleza de la Iniciativa Franja y Ruta, el profesor Li me comentó que el gobierno chino considera que el proyecto tiene una naturaleza fundamentalmente económica (Autor, 2019). Según esto, cuando el gobierno chino quiere emprender una acción económica en el marco de la Iniciativa Franja y Ruta –la cual usualmente es el ejercicio de la inversión para impulsar proyectos de infraestructura–, generalmente se realizan los llamados “estudios de factibilidad” para determinar si el proyecto es de alto, mediano o bajo riesgo. Dependiendo del tipo de riesgo, entonces es el tipo de inversión: con intereses de acuerdo con el mercado, con bajo interés o sin condiciones

Es importante resaltar que el gobierno chino no considera los problemas políticos en la determinación del riesgo para sus proyectos económicos. Esto fue el caso, por ejemplo, de Libia antes de la caída de Muamar el Gadafi en 2011. Para el tiempo en que estalló la guerra civil libia, China tenía inversiones en los sectores de la construcción y del petróleo; incluso en el primero tenía también personal. Cuando los países occidentales, por medio de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), criticaron al régimen de Gadafi e iniciaron acciones militares, el gobierno chino en Beijing criticó la postura occidental, argumentando el interés por los recursos energéticos y la hipocresía del “humanitarismo” occidental en torno a agresivas acciones bélicas. Es probable que los intereses económicos chinos hayan sido asegurados por el régimen de Gadafi, lo cual explicaría el por qué la crítica de Beijing hacia las acciones occidentales que claramente tenían intenciones de derrocar al ex líder libio. No obstante, cuando el régimen de Gadafi cayó y el caos se apoderó de Libia, China tuvo que aceptar “a regañadientes” al nuevo régimen, además de que tuvo que evacuar a mucho de su personal en el país norafricano.

El claro riesgo político que implicó un régimen dictatorial y poco popular no fue incluido en los estudios de factibilidad del gobierno chino al no ser riesgo económico. En este sentido, parece ser que la Iniciativa Franja y Ruta intenta estandarizar los mecanismos de inversión y asegurar, en la medida de lo posible, el retorno de la inversión. Esto, obviamente, se realiza en un espacio determinado: aquel que integra a las principales dimensiones espaciales de la Iniciativa Franja y Ruta. Es por ello que el proyecto chino tiene un marcado carácter geoeconómico, y no tanto geopolítico.

La Iniciativa Franja y Ruta es un proyecto geoeconómico con la intención de continuar impulsando el desarrollo económico de China. Pero, para legitimar dicho proyecto, el gobierno chino se ha apoyado de la idea de la antigua ruta de la seda. De este modo, estamos atestiguando la resignificación de lo que fue un fenómeno histórico precapitalista, para convertirse en un proyecto de naturaleza eminentemente capitalista. Con esta iniciativa, es altamente probable que China determine la agenda global en los años venideros.

Mapa no oficial de la Iniciativa Franja y Ruta. Fuente: Merics (2018).

Referencias

Autor (2019). Diario de viaje a China 2019, 7-17 de noviembre. Guangzhou y Shanghái.

Merics (2018, 7 de junio). China creates a global infrastructure network Interactive map of the Belt and Road Initiative. Mercator Institute for China Studies. Recuperado de: https://www.merics.org/en/bri-tracker/interactive-map.

* Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco. Grupo de Estudios Sobre Eurasia

[1] Cabe destacar que este centro de estudios es el “tanque de pensamiento” (think tank) del Departamento Internacional del Partido Comunista Chino.h