Federico Anaya Gallardo

En abril de 2017, Stephen Kotkin, de la Universidad de Princeton, dictó una serie de tres conferencias sobre Esfera de Influencia en el Institut für die Wissenschaften vom Menschen (IWM – Instituto de Ciencias Humanas) de Viena. (Ligas 1, 2 y 3.) El IWM es una institución privada fundada en 1982 para “construir puentes” entre Este y Oeste europeos en la última etapa de la Guerra Fría. En su portal declara que “con la caída de la Cortina de Hierro esa misión original parecía haberse completado”. Hoy, recibe financiamiento de los gobiernos de Austria, Polonia y la República Checa. No podemos hacernos ilusiones: se trata de un think tank de derechas. Con todo, el IWM reconoce que la transición a la democracia en los países ex comunistas no terminó como habían prometido los freedom fighters de la globalización. A partir de 2000 decidió debatir la desigualdad social, el “carácter” (sic) del capitalismo, y los dilemas del gobierno democrático.

Las conferencias de Kotkin se inscriben en esta última línea del IWM. A las y los mexicanos nos podría ayudar escucharle con atención. Para él, la Guerra Fría fue una confrontación entre esferas de influencia (“el Oeste” contra “el Este”). Los bloques, campos o mundos reunían elementos de hard-power (potencia militar, vigor económico, estabilidad política) y de soft-power (capacidad de persuasión, alianzas, flexibilidad del aparato productivo, resilencia social, solidaridad interna, educación). Para Kotkin, la rivalidad internacional se decide siempre a través de las capacidades relativas de los competidores: “su capital material y humano así como su habilidad para gobernar eficazmente su sociedad y sus asuntos internacionales”. (“Realist World: The Players Change but the Game Remains”, Foreign Affairs, julio-agosto, 2018.) Adscrito al realismo en materia de relaciones internacionales, este autor desprecia el simplismo del cínico que proclama que sólo la fuerza impera. La ideología importa tanto porque los Estados deben construir regímenes estables y resilientes al interior, como porque al exterior deben crear alianzas razonables y transparentes con otros Estados. Detalle interesante: en Kotkin la República Imperial (EUA) no era, ni es, “el Oeste”. Antes de 1991, “Estados Unidos entendía … que era parte de algo mayor a sí mismo y que le era necesario permanecer como parte de eso, porque era de allí de donde provenía el poder.” Raymond Aron concurriría: la República Imperial era sólo un miembro de una constelación de Estados que formaban un campo.

La pertenencia de EUA al campo capitalista le obligaba a respetar ciertos límites. Kotkin dice que este efecto disciplinario evitó mayores despropósitos que los que de por sí causó el imperialismo yanqui. El discurso de los derechos humanos es una consecuencia ideológica ineludible de la descripción que Occidente hizo de sí mismo durante la Guerra Fría: economía libre (mercados y propiedad privada) y sociedad abierta (democracia y constitucionalismo liberal). Recordemos: la aceptación de una ideología es un proceso civilizatorio. Las buenas ideas y las buenas costumbres no se obtienen de golpe y porrazo. Caminemos hacia atrás: En 2019, el nuevo TMEC incluyó provisiones duras para proteger la libertad sindical. En 1996 un diplomático alemán justificaba en Chiapas el tratado de libre comercio con la Unión Europea como mejor que el TLCAN porque permitía la intervención humanitaria de Europa. En 1981 Francia apoyó a México en el reconocimiento del FMLN salvadoreño porque el discurso histórico de las repúblicas francesa y mexicana –¡y los tratados internacionales!– reconocían el derecho de los pueblos a luchar contra regímenes opresores. En 1956 EUA y la URSS maniobraron juntos para que Inglaterra y Francia se retirasen de Suez puesto que la descolonización era uno de los acuerdos centrales de la posguerra. Las ideas importan. La Francia de la que Madame Mitterrand salió para entrevistarse con el SubMarcos en 1996 no era la misma que invadió Suez en 1956 ni la que creó los métodos de la guerra sucia para reprimir al Frente de Liberación Nacional argelino entre 1954 y 1958. Era una Francia más civilizada. La vieja potencia imperialista aprendió a comportarse a veces por las buenas, como cuando De Gaulle reconoció la independencia argelina y 90% de su ciudadanía ratificó la decisión en referéndum (1962); o por las malas, como cuando los vietnamitas le derrotaron en Dien Bien Phu (1954).

Una esfera de influencia en geopolítica sólo puede construirse a partir de una visión del mundo. ¿Es posible aplicar lo anterior a Latinoamérica? Vayamos aún más atrás: en 1748, en El Espíritu de las Leyes, Montesquieu afirmaba: “Las Indias (Nuestra América) y España son dos potencias que gobierna un mismo soberano; pero las Indias son lo principal y España lo accesorio”. En la misma sección el filósofo decía que el rey de España parecía “un particular muy rico en un Estado muy pobre” y que la monarquía católica había desperdiciado las riquezas americanas por no reconocer que es mejor tener un gran pueblo que un gran tesoro. (Libro XXI, Capítulo 22).

Pareciera que las élites criollas de Nuestra América no llegaron a leer esa sección de Montesquieu. Tener un gran pueblo significa hacerse cargo de la desigualdad y de la opresión que sufren las naciones originarias y las descendientes del África esclavizada. Uno de los precursores de nuestras independencias, el arequipeño Juan Pablo Viscardo (1748-1798) insistió en vano en que sus compatriotas debían considerar iguales a los indígenas –citando a Las Casas. (Carta dirigida a los españoles americanos, FCE, 2004 [1791]). Antes que reconocer la igualdad, nuestras élites han preferido apoyar dictaduras militares, e incluso, el genocidio. Pero esas élites, y los Estados que construyeron,  también son parte del proceso civilizatorio del que hablé antes.

Por ejemplo, en 1981, Venezuela y Colombia condenaron la declaración franco-mexicana reconociendo a la guerrilla salvadoreña. La explicación de este posicionamiento debe buscarse dentro de cada país. Gobernaba en Caracas Luis Herrera Campíns (1979-1984), militante de COPEI. Los copeyanos eran demócratas cristianos y apoyaban a su partido-hermano en El Salvador que, dirigido por José Napoleón Duarte, colaboraba en la junta militar que combatía al farabundismo. No era raro. El partido chileno fue cómplice del golpe de 1973 contra Allende. Pero la experiencia en Santiago, adonde la dictadura ilegalizó a todos los partidos, fue una amarga lección aprendida por todos democristianos del subcontinente. Herrera Campíns quería fortalecer a Duarte en San Salvador, de modo que cuando se convocaran elecciones su correligionario ocupase la presidencia. En eso, no estorbaba el apoyo de Reagan. De allí la oposición a México y Francia. Pero el costo de la maniobra fue creciendo. La junta salvadoreña se tardó en concretar las elecciones, la política reaganiana se acercó a la invasión y, para colmar el plato, Washington apoyó a Thatcher en la guerra contra Argentina en 1982. En este nuevo escenario, el democristiano Herrera se realineó con México en Contadora –cuya propuesta ya no era apoyar a alguno de los campos que se disputaban la región, sino establecer reglas para un tratado que reconociese la soberanía popular en cada Estado. Como parte del proceso de paz empujado por Contadora, Duarte ganaría la elección salvadoreña de 1984.

El caso colombiano es más extraño e interesante. Cuando Bogotá se opuso a la declaración franco-mexicana, gobernaba Julio César Turbay Ayala del Partido Liberal (1978-1982). En su pretensión de subyugar a las varias guerrillas izquierdistas, Turbay buscó el apoyo de Washington hasta el punto de romper relaciones con Cuba y ¡apoyar a la Gran Bretaña en Las Malvinas! Hacia dentro, permitió la formación de grupos paramilitares y aplicó el llamado Estatuto de Seguridad que permitía, entre otras cosas, juzgar a civiles en tribunales militares. Esta combinación de políticas de derechas aisló a Colombia –incluso frente a actores tan reaccionarios como los militares genocidas de Argentina. No es de extrañar que, en 1982, ganase el Partido Conservador, encabezado por Belisario Betancur Cuartas. El nuevo gobierno dio varios golpes de timón. Abrió negociaciones con la guerrilla (que eventualmente llevarían a la constituyente en 1989), restableció relaciones con La Habana y se sumó a Contadora.

En 1980, el México de José López Portillo (1976-1982) jugó tarde la carta de la legítima revolución social para apoyar a los movimientos insurgentes de El Salvador y Nicaragua. 60 años antes habría tenido sentido, pero los sonorenses no concebían su esfera de influencia más allá del Suchiate. De hecho, el pacto obregonista de 1920 con los rebeldes reaccionarios anti-carrancistas de Chiapas indica que la revolución sonorense no se imaginaba más allá del Istmo de Tehuantepec –adonde se consolidó con el agrarismo juchiteco del general Charis. Pese a ello, no hay que desestimar la potencia del mensaje franco-mexicano: en Managua o Estelí, así como en la montaña salvadoreña ese apoyo sí se vio. Arropó la resistencia al reaganismo y dividió al “Oeste”. Durante los 1980 la imaginería de las revoluciones francesa, mexicana, soviética y cubana rondó la mente y corazón de muchos centroamericanos. Aparte, cuando Miguel de la Madrid (1982-1988) asumió el poder, México no retiró el reconocimiento al FMLN. A partir del mismo, propuso un plan de paz sobre la base del reconocimiento mutuo de lo ya conquistado por cada uno de los campos (revolución y reacción) en disputa. Cierto: EUA se opuso al esfuerzo; pero no pudo detenerlo. Retomado por los presidentes centroamericanos en Esquipulas, el plan se logró. Francia no volvió a intervenir directamente, pero al final del proceso apoyó la entrada de la ONU en la región. No fue el único Estado europeo que apoyó.

Muchos explican el énfasis negociador de Contadora como un retroceso causado por el quebranto mexicano luego de la crisis petrolera de 1982. Esta crisis había sido tan grande que requirió la intervención de Washington. Pero si México estaba tan debilitado, ¿por qué no retirarse completamente de Centroamérica? No sólo no lo hizo, sino que al convencer a Venezuela, Colombia y Panamá de apoyar el esquema Contadora jugó explícitamente en contra de su salvador financiero. EUA estaba obligado a salvar de la quiebra a México pero no podía obligarle a cambiar su política exterior en esa región. El arreglo general de Centroamérica legitimó el derecho a la revolución pero asegurando reglas democráticas que institucionalizaran cada Estado-nación y el principio de no-intervención para asegurar la paz. Precisamente a lo que México había aspirado durante todo el siglo XX. La Rebelión de Año Nuevo en 1994 (la última revolución centroamericana) consolidó aquí el mismo esquema, alineando finalmente nuestra política interior y exterior. ¿No es este un ejemplo inesperado de proyección exitosa de una esfera de influencia?

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Texto extraído de JulioAstillero con autorización del autor