Federico Anaya García

Uno no sabe quién ganará la guerra en el amanecer de la primera batalla. A veces, ni siquiera en el ocaso de la última. Y una cosa es ganar la guerra y otra –muy diferente– ganar la paz. Así las cosas, tengamos cuidado con el clásico error del historiador flojo: creer que el resultado de batallas y guerras que cuenta estaba “predeterminado”. Hace tiempo, fascinado por la película Darkest Hour (Joe Wright, 2017), visité la Hemeroteca Nacional para ver cómo reportaron los periódicos de la capital mexicana los días aciagos de mayo de 1940 en Europa. Para ejemplo, véase esa nota de Excélsior, del 3 de mayo: “Que Wáshington [así, con acento] se adueñe ahora de las Antillas.- Nueva York.- Mayo 2 (Exclusivo).- En un artículo publicado hoy por el ‘Herald Tribune’, el observador político de dicho diario, Mark Sullivan, sugiere la idea de que los Estados Unidos se apoderen de las Antillas inglesas y francesas … en cuanto se vea con claridad que los aliados están próximos a perder la guerra.” Conviene señalar que el editorialista era un republicano crítico del New Deal de Franklin D. Roosevelt: Sullivan creía que los descuentos salariales para el seguro social eran un atentado a la libertad individual. La película de Wright nos muestra una realidad olvidada: a la élite del partido conservador británico estaba dispuesta a rendirse (ideológicamente estaban demasiado cerca de Hitler) y el mismo rey pensó en huir a Canadá –dos hechos terribles que la leyenda churchilleana ha ocultado. En las horas más oscuras, muy pocos pensaron que Inglaterra sobreviviría.

En los mismos días en que Excélsior daba por derrotados a los aliados, aparecían en sus páginas anuncios de la revista Timón, dirigida por José Vasconcelos, en que se leían cosas como ésta: “El mismo pueblo inglés duda y empieza a vacilar… Entérese de la verdad de lo que ocurre leyendo ‘Timón’. … No escatimamos gastos para decirle al culto público de México lo que le conviene saber. … El maestro Vasconcelos dice ‘tomar partido es la función elemental, primaria y decisiva de toda operación de la voluntad’. … Sepa usted que en esta guerra no hay neutrales. …” (jueves 9 de mayo, 1940). ¿Cómo entendían Excélsior y Timón esa lucha en la que no era aceptable la neutralidad? Una serie de noticias de Excélsior en esos mismos días lo aclara: “Hay agentes stalinistas en las dependencias oficiales: El Bloque Obrero Nacional Anticomunista, señala a varios líderes rojos y pide su inmediata expulsión de la República” (1 de mayo); “Fue un completo fracaso el mitin de los comunistas en la Secretaría de Educación” (4 de mayo); “Expulsaron a los profesores rojos de Quintana Roo” (4 de mayo); “Doble crimen de comunistas. La muerte de dos líderes agrarios de San Luis es atribuida a ellos” (12 de mayo). Excélsior no era neutral: estaba alineado a la derecha. Y la lucha de 1940 ya era la que sería el resto del siglo: izquierda-comunismo-revolución en contra de derecha-anticomunismo-reacción. La Guerra Fría ya estaba allí. Kotkin encontró, en la correspondencia personal del premier británico Neville Chamberlain, una carta de 1938 en la que explica por qué no buscó una alianza con la URSS para detener a Hitler: La idea era buena, salvo por el problema que causaría… que los comunistas dominasen Europa central. Preferible un arreglo con Herr Hitler que lidiar con Stalin.

Saltemos a los 1980. La Guerra Fría había entrado en su última etapa (pero nadie sabía eso en ese instante). ¿Qué sí sabíamos? Que Vietnam del Norte ganó su guerra y que en 1975 ocupó Saigón –reunificando su país. Que en 1979 revoluciones populares derrocaron al segundo Pahlevi en Irán y al tercer Somoza en Nicaragua. Que en 1981 el Farabundo Martí podía ganar la guerra contra el régimen pro-yanqui en San Salvador. Que en 1988 Cuba venció a Sudáfrica en Cuito Cuanavale –liberando Namibia. Frente a esto, el desastre soviético en Afganistán parecía cosa menor. Una escena de Adiós a Lenin (Becker, 2003) lo ilustra: cuando la madre del protagonista reconoce que su marido le ha abandonado luego de escapar al Oeste, junta su ropa en un saco marcado “Solidaridad para Mozambique”. La esfera de influencia socialista existía, atraía esperanzas y cosechaba triunfos.

Es en este contexto en que debemos evaluar las acciones de México en la Centroamérica de aquel tiempo. Con bonanza petrolera y sin ella, bajo el último presidente de la Revolución (JLP) o con el primero del neoliberalismo (MMH), nuestro país se opuso a una solución militar estadunidense. Lo hicimos manifestando una clara simpatía por “los rojos”. Y ello fue percibido correctamente como una indisciplina en el campo capitalista. Como ya he explicado en comentarios previos, no estábamos solos. Tuvimos aliados incluso en la República Imperial. Tampoco estábamos locos. La política exterior de México ha sido siempre realista –aunque a buena parte de nuestra élite criolla estas cosas le han pasado de noche.

Aparte, México tenía más margen de maniobra porque EUA era un poco más débil que en los 1920. Immanuel Wallerstein dedicó parte de su obra tardía a estudiar la decadencia geopolítica de los EUA. La Jornada publicó muchas de sus reflexiones sobre el tema. En 2003 nos decía que “Estados Unidos se ha ido desvaneciendo como potencia global desde los años setenta y su respuesta a los ataques terroristas (2001) sólo ha acelerado este declive.” (Liga 1.) De ese año es su The Decline of American Power (New Press) que salió en Castellano en 2005, traducido por Saborit, bajo el sello de Editores Independientes (Trilce de Uruguay, Lom de Chile, Era de México y Txalaparta de Euskadi). En 2007 aparece de nuevo en Caracas, editado por Monte Ávila. (Liga 2.) Wallerstein sostiene su juicio en su teoría de sistema-mundo, en la cual el desarrollo capitalista no produjo un imperio-mundo equiparable al imperio chino, el Dar-al-Islam del califato abasí o el gran kanato mongol; sino una economía-mundo dentro de la cual pueden prosperar múltiples estructuras políticas (Estados). Estos Estados compiten entre ellos y de hecho, la historia del corto siglo XX (1914-1991) es la de sus guerras por el dominio del sistema. Este arreglo inestable de una economía global con muchos Estados produjo en 1945 un hegemón (EUA) con un variopinto campo de aliados (que incluía Estados tan diversos como Francia, Uruguay, Indonesia y México) y un “retador” (URSS) que trató de construir su propio campo. El “Oeste” (primer mundo, campo capitalista) y el “Este” (segundo mundo, campo socialista) luchaban por la lealtad de los países en desarrollo (tercer mundo, campo no-alineado), todos dentro de la misma economía-mundo. Desde este punto de vista sistémico, Wallerstein notaba cómo el hegemón estadunidense empezó a tener crecientes problemas de control a partir de 1970. El subtítulo de la edición castellana de su libro, en 2007 es Estados Unidos en un mundo caótico.

A los habitantes de la economía-mundo capitalista, plagada por el caos de guerra entre Estados-nación, los viejos imperios-mundo nos parecen “Estados multinacionales” y su “pluriculturalidad” nos fascina. Stephen Kotkin, por ejemplo, tiene un excelente ensayo sobre la idea de imperio en eurasia: “Mongol Commonwealth?” (Kritika, 8-3, 2007. Liga 3.) La ventaja evidente del imperio como formación política distinta al Estado-nación es que el imperio absorbe y resuelve las contradicciones entre élites opuestas en el territorio que domina –sin suprimir las culturas desde las que se generaron esas élites. De hecho, el imperio requiere la sobrevivencia de lo multicultural porque justifica la existencia del centro imperial como instancia ulterior de composición de disputas. Habría que contestar a Kotkin que el mismo resultado –y mejor– se puede obtener bajo un sistema republicano elevado a escala planetaria en la línea de una federación multicultural. Como sea, lo que a mí me parece evidente es que, ante la decadencia de la República Imperial,el debate es qué hacer con el caos creciente. Kotkin mira atrás e indaga la experiencia imperial. Acaso los latinoamericanos debiésemos ver hacia delante y mejorar el arreglo federal de las Naciones Unidas.

Regresemos a Contadora. En 1984 los cancilleres de los cuatro Estados del grupo recibieron en Oviedo el Premio Príncipe de Asturias a la cooperación. El colombiano Augusto Ramírez Ocampo tomó primero la palabra. Su discurso (puede oírse y leerse en la página del premio, Liga 4) es, para nuestro gusto mexicano, hispanista. No es raro, Ramírez era del Partido Conservador. Inicia con doña Isabel y don Fernando, pasando por las carabelas y recordando el quinto centenario del Encuentro… pero muy pronto, el bogotano saltó a lo que importaba. Empezó con una cita de Ortega y Gasset (¡no le fueran a acusar de “rojo”!): La civilización es antes que nada voluntad de convivencia. Pero aclaró: debe basarse en la justicia; porque sólo puede haber paz “como … reparto equitativo de bienes y de males entre todos”. Oímos a un conservador que no come lumbre y reconoce la necesidad de un mínimo de justicia social. Como Ramírez era prudente, no pronunció una parte de su discurso escrito –pero sí la dejó para que constara en autos. Importa citar el parrafito: “Contadora nació como fruto de la serena meditación sobre el destino de Iberoamérica, en medio de las convulsiones de la pugna que, por la vía armada, pretende convertir ese suelo, que es también nuestro, en el escenario de la contienda de dos grandes potencias. Fue, por tanto, una afirmación sobre nuestra capacidad de decidir y es también un sistema de unidad y de cooperación a nivel regional”.

Contadora fue una indisciplina ante EUA porque tres países mayores (México, Venezuela y Colombia) y uno estratégico (Panamá) no deseaban que se escenificase en Nuestra América la última batalla de la Guerra Fría. Reagan (que no sabía cómo iba a terminar todo) creía su deber detener al “imperio del mal” en Nicaragua. No estaba solo en ese análisis: el himno sandinista coreaba: “Los hijos de Sandino / ¡ni se venden! ¡ni se rinden! / luchamos contra el yankee / enemigo de la humanidad.” ¿Podría haber ganado la opción reaganiana? Sí. En octubre de 1983 Reagan invadió la isla de Granada, parte de la Mancomunidad Británica, con el pretexto de que su gobierno (pro-cubano) estaba construyendo un aeropuerto con “intenciones militares”. La ONU emitió la Resolución 38/7 el 2 de noviembre de 1983, “deplorando profundamente” la “violación abierta del derecho internacional y de la independencia, la soberanía y la integridad territorial de (ese) Estado”. (Liga 5.) Incluso Thatcher se oponía y escribió a Reagan esto: “Esta acción será vista como una intervención por parte de un país occidental en los asuntos internos de una pequeña nación independiente, pese a lo poco atractivo de su régimen. Le pido considerar esto en el contexto de nuestras más amplias relaciones Este/Oeste y recordar que en los próximos días estaremos presentando a nuestro Parlamento y Pueblo la instalación de misiles Crucero en este país. Le pido considerar cuidadosamente estos puntos…” (Liga 6.) Si se hubiese generalizado la guerra en Centroamérica, acaso la batalla final de la Guerra Fría habría ocurrido allí y no en Moscú, en agosto de 1991.

Ligas usadas en este artículo:

Liga 1:
https://www.jornada.com.mx/2005/09/11/index.php?section=cultura&article=a04a1cul

Liga 2:
http://geopolitica.iiec.unam.mx/sites/default/files/2017-08/Wallerstein-la-decadencia-del-imperio.pdf

Liga 3:
http://muse.jhu.edu/article/219582

Liga 4:
https://www.fpa.es/es/premios-princesa-de-asturias/premiados/1984-grupo-de-contadora.html

Liga 5:
https://undocs.org/es/A/RES/38/7

Texto retomado de JulioAstillero con autorización del autor.